El Hombre Ordinario se dirigió con paciencia al centro del océano motivado por una fuerte necesidad de conversar con el ser supremo. Una vez allí, con firmeza gritó: “¡Hombre Inteligible!, ¡Ven aquí, ven a mi ahora!”

El cielo no se demoró y pareció abrirse velozmente. Bajó entonces, acompañado de una luz, la figura divina. Se hizo presente el Padre de Hombres y Dioses, con un dejo de extrañeza al recibir un llamado semejante. “Aquí estoy.” Dijo con algo de asombro.

“¡Estoy listo!” Pronunció con voz elevada el hombre mortal al borde del llanto o tal vez del delirio.

“¿Listo para qué?” Replicó con incredulidad y algo de altanería el Hombre Inteligible.

“Listo para abandonar la vida inauténtica, para dirigirme hacia la extinción definitiva del deseo, para abocarme solamente a ser yo mismo y no ver sesgada jamás mi correcta interpretación de la realidad.” Dijo el discípulo observando un punto perdido en el horizonte. Se logró percibir en él una conmovedora exposición de confianza y decisión.

“¿Acaso crees, hijo mío, que podrás encumbrar tu interpretación de la realidad a partir de una elevación en tu conciencia?” Pronunció con algo de soberbia contenida mientras examinaba el rostro del mortal.

“¡La conciencia no existe!” Gritó el alumno enrojeciéndose de furia, recibiendo el viento oceánico en el pecho con firmeza, demostrando una vez más que su petición no podría tener mayor seriedad.

“¿Y consideras, entonces, que existe una puerta, un conducto divino por el cual podrías dirigirte hacia semejante objetivo?” Dijo con la voz extrañamente debilitada el Hombre Inteligible, quien se complace en amontonar las nubes.

“Si, eso mismo, una puerta, un conducto que atravesaré, y en él viajaré por siempre. No podrás detenerme ni te escucharé en caso de impedírmelo, gran maestro.”

El Dios lo comprendió todo y derramó una lágrima. En cuanto ésta hizo contacto con el agua, la escena cambió de forma rotunda. El cielo de pronto se nubló. Una tormenta se hizo presente en aquel sector perdido del océano. El Hombre Inteligible, quien en prudencia iguala al terriblísimo Zeus Crónida, se acercó lentamente a su alumno con las venas hinchadas y una euforia incontenible. Lo tomó con su mano izquierda por el hombro, con la derecha sujetó el contorno de su nuca y acercó finalmente sus labios al oído del mortal. Se elevó entonces el océano completo y las inmensas aguas del planeta se colocaron por encima de ellos a la espera del veredicto final. El aprendiz se encontraba tieso, segregaba saliva por su boca y emitía sonidos incomprensibles.

El Padre Hombres y Dioses abrió finalmente su boca haciendo contacto con el oído del discípulo y pronunció en un grito con un volumen únicamente inmortal: “¡¡Atraviésala!!”

Las aguas del océano estallaron en el cielo y cayeron con una violencia descomunal acompañadas por una gravedad divina. Bañaron finalmente al Hombre Ordinario hiriéndolo, rozando vivamente su cuerpo, puliendo su piel, cambiando su aspecto por siempre, y también su espíritu.

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