En una habitación con poca iluminación descansan dos octogenarios. En el mismo cuarto hay dos camas y ambos se encuentran sentados en cada una de ellas observándose frente a frente. No hablan, no dicen nada y hasta parecen no ser capaces de engendrar sentimientos. Piensan un poco pero dan la impresión de estar abatidos.

Uno de los dos coloca ambas manos en el lateral de su cuerpo y sujeta el colchón con presión. El otro, en cambio, reposa ambas extremidades delante de sí mismo, cruza sus manos entre sus dos piernas y entrelaza sus dedos con calma.

Se siguen observando y la puerta que permanecía abierta, se cierra. Uno de los dos está a punto de confesar sus dolencias pero se detiene. El otro, que detecta en sus oídos las voces calladas por su compañero, cree escuchar algunas palabras que en realidad provienen de su interior. Continúan observándose y ambos perciben la resignación ajena.

Quien tiene sus manos cruzadas logra decir con algo de timidez: “Siempre le tuve miedo a la muerte, desde que era joven”. El otro escucha en silencio y no hace ningún gesto. Después de unos minutos, el hombre longevo que no ha hablado hasta el momento, se pone de pie y busca detenidamente el contacto físico. El viejo sentado lo mira a los ojos y con sus músculos faciales transforma su rostro en una imagen penosa y débil. El anciano que sigue de pie, toma un palo que se encontraba cerca de la cama y armándose de valor golpea al otro en la cabeza provocando un desmayo inmediato.

Una vez en el piso, sigue impactándolo con el palo y lo patea sin misericordia. La sangre comienza a brotar por los distintos orificios existentes en la cabeza del hombre inconsciente hasta que un viento frío se apodera de la habitación anunciando su paso al mundo desconocido.

El agresor continúa de pie, lo observa con pena y rompe en llanto. La puerta se abre y una luz lo enceguece. Con dificultad logra esquivar el cadáver de su compañero y se dirige hacia la salida esperando con ansias a Dios, o lo que pueda existir fuera de ese cuarto.

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