Buscar

tundrario

mes

diciembre 2016

No tiene que tener sentido siempre, no todo tiene sentido siempre, porque si todo lo tuviera se convertiría de pronto en algo previsible y patético como lo son la mayoría de las cosas. Tampoco puedo explicarte todo, vos sencillamente dedicate a fluir, relajarte, a no leer cosas ya dichas, a no recibir descripciones redundantes ni aburridas. A concentrarte y nadar por lo desconocido e incierto, por expresiones nunca dichas, con herramientas conocidas, claro, pero que abren puertas a otros espacios, porque todas las puertas ya están abiertas, las conocemos todas y están ahí, y estarán ahí para siempre. Mejor otras, mejor crear puertas redondas, puertas de colores, puertas que no tienen forma de puertas pero lo son, y abrirlas sin dudar, conocer lo que hay detrás, que me aventuro a decir que habrá más puertas y es posible que sean más extrañas, divertidas, profundas, de tipos desconocidos para nosotros pero que vale la pena conocer, ampliar el espectro de lo real, porque lo real es penosamente limitado, y por desgracia hace mucho tiempo que no puedo vivir ahí dentro. Creá tus propias puertas, claro, con la forma que quieras, yo no te voy a decir nada, nadie puede decirte nada, y quien lo diga, te lo dirá gritando de rabia nerviosa e insegura, muy despacito, sujeto al marco de su puerta, probablemente de su casa, de la cual no se permite o no puede salir. Vení conmigo, inventemos y abramos más, o ni siquiera, seamos lo suficientemente cuerdos como para crear cualquier cosa, que ya ni tengan forma de nada pero creamos en eso, que en definitiva no hay nada en que creer, y si debemos caer, por lo menos que sea con valentía y dignidad, que sea de pie bajo un dintel redondo o sin forma, bajo un marco imaginario, pero siempre cerquita, o mejor dicho abriendo, sí, abriendo una puerta propia.

Anuncios

Claro que tengo miedo, nunca lo negué. ¿No ves acaso mi boca?, ¿No ves acaso mis labios? ¿Mi temblor fino, mi gesto dubitativo torpemente elegante, mi ser completo? Nunca estuve seguro, nunca lo estaré tampoco. A veces sueño que me despierto y estoy en medio del campo, me levanto lentamente entre la hierba y estoy repleto de rocío. En las gotas diminutas descubro algo de piedad, sí, algo de piedad, no sé bien por qué pero empiezo a correr y a sacudirme, a sentir el frío que me hiela, que de alguna manera me recuerda a lo amargo, al sacrificio incesante, infinito. Me encuentro también con alguien que creo saber quién es pero no estoy seguro y lo abrazo, lo contengo despacio, acaricio y le digo que ya va a pasar, que todo cesará, y le explico que en realidad el rocío no cae, se genera solo, se generó en mi cuerpo y en el de él, y en el campo entero, pero ahí nomás, no tan lejos, no en el cielo, cerca de nosotros mismos y en nosotros mismos también, y justo en ese momento despierto con una sensación de que algo bueno está por suceder, de que al fin y al cabo no se puede ser tan canalla, y algo bueno debe (del verbo deber) suceder.

De dónde sacaste ese diamante, me dijo. No sé, lo encontré, qué querés que te diga, lo encontré por ahí, y es definitivamente un diamante. No sé exactamente el valor que tiene pero sé que es un diamante y nadie me lo puede sacar. Me preguntó de nuevo si el diamante lo había encontrado o en realidad lo había generado yo. ¿Y cómo lo voy a generar, qué te pensás que soy? Me dijo también volviéndose oscuro, cobrando de pronto un halo de misterio, una mirada tenaz, que los diamantes no se encuentran solos, que hay que buscarlos o en realidad se pueden hacer, se generan en casa si tenés un poco de espacio. En el patio ese que tenés vos, me dijo, ahí podés hacer perfectamente un diamante, ¿Y cómo lo voy a hacer? Si te digo que no lo hice yo. No tenés que darte cuenta para hacerlo, no siempre tenés que darte cuenta para hacerlo. A veces te llega esa hora en que no estás seguro por qué ni cómo pero te sale un diamante, te sale de las manos, del sudor, de la sangre, la cara, como sacarte una careta, ¿Entendés? Yo no estaba seguro de que estaba entendiendo pero empecé a mirar el diamante, empecé a sentirlo mío, pero de verdad, de engendrarlo, de no ser una tonta casualidad de haberme tropezado con él por ahí, y lo mostré, se lo mostré a todo el mundo y les dije que tengan mucho cuidado, y que aunque me lo roben no me importaba, que lo toquen y hagan lo que quieran porque yo estaba seguro y tenía muy claro de donde había salido. Mis entrañas se extrañaron en principio pero se vieron al fin con su debido reconocimiento, su trabajo apreciado, y exhaustas descansaron y dejaron que yo me encargue de mi parte, y aunque no lo sabía todo, supe que no había más verdad que esa y que tenía razón, y que al mirar el diamante, siempre la tendría.

Vi en sus ojos su inocencia, su consideración ingenua, su falta de herramientas para explicarme sus razones. Yo las sabía pero siempre fui malo. Insistí, desaté una aglomeración de palabras que unidas tenían sentido, que formaban una ecuación matemática sólida, una defensa india de rey infalible, y castigué e insistí en la herida, en lo racional, en un método perverso y manoseado, manipulando conceptos, trastocando verdades y alterándolas para siempre, para que crea que es culpable, que tuvo la razón y la perdió, se le escurrió entre sus manos y ahora todo es confusión, es falta. Vi su tristeza, sentí lástima sincera. Quiso explicarme pero no le quedaba más nada, se resignó. Sus ojos lagrimeaban, rogaban que comprenda, que por una vez desestime la lógica y no haga de todo esto una construcción logarítmica imposible porque será justamente imposible para siempre. Ahondé una vez más. Calculé diez jugadas adelante, y nada más se pudo decir, todo acabó como acaban las cosas efímeras, como acaban los libros que no tienen sentido, como acaba a veces el amor o el odio, o más bien las sensaciones similares e insuficientes que se acercan a la falta de amor, o la falta de odio.

El radiante Muda, conocido por los distintos artículos periodísticos como “el Joven”, andaba en uno de sus viajes por las islas del Mar Índico con la esperanza de poder cruzarse en algún momento con el supremo “Hombre Inteligible”.

El Joven se encontraba de alguna manera afligido porque aún siendo poseedor de una corta edad, sentía que lo había vivido todo, y que los intensos estímulos eran parte de su pasado. Se preguntaba de qué manera lograría recomponer su espíritu y volver a percibir esa sensibilidad tan pasional que ha sabido acompañarlo durante tantos años.

El Joven caminaba varias horas durante el día y se dedicaba a contemplar la naturaleza. Por las noches bebía alcohol para asegurarse de ser honesto, y conversaba con todas las personas que podía. Mucho aprendía Muda de estos encuentros mientras desgastaba en simultáneo su capacidad de ser conmovido.

Una noche se encontraba embriagándose en la hermosa arena de una de las Islas Seychelles fijando su mirada en el horizonte marítimo. De pronto el Hombre Inteligible se hizo presente y se sentó junto a él. El Joven no se dio tiempo para el asombro y le comentó de inmediato sus frustraciones. El Hombre Inteligible escuchó con atención y le ofreció un sabio comentario:

“Tu nacimiento y tu muerte se encuentran en este momento en extremos equidistantes de tu actual posición con respecto a tu idea temporal. Sólo puedes encontrar la valoración del presente cuanto más próximo te encuentres a alguno de estos puntos elementales de tu existencia.”

Muda reflexionó profundamente y halló en esas palabras una respuesta que no había imaginado. Con una sonrisa se volteó para abrazar al hombre que ya había desaparecido.

Era posible que pueda fluir. Fluir y andar como un río que lentamente baja por la montaña y que es agua de la más pura. Recibiendo en su recorrido algunos arroyos, alguna que otra bajada que se atreve a sumarse a la travesía, sumirse en el jolgorio de la dirección principal, del río madre que baja alardeando de su admirable condición y de su caudal cada vez más robusto, con un destino cada vez más claro. Los vientos acompañan y animan, dan paso a la obra suprema del agua, a la obra suprema del río que baja y lo hace con fuerza, aumentando poco a poco su velocidad, sus kilómetros por hora si me permiten, su distancia sobre tiempo, su espacio temporal de la velocidad, su avance rotundo e inexorable. El río baja y sigue, se suman también al recorrido algunos peces, se suma la tierra y algunas rocas, siguen bajando todos juntos, el cauce más grande, el volumen de agua más pesado, más kilogramos si me permiten, más masa, más de todo. El río se quiere volver inmortal y más veloz, como lo es escurridizo desde el principio, cuando nadie confiaba en él, como lo será en su desembocadura, como siempre soñó. Los elementos naturales se añaden siguiendo a un orador formidable, su rapidez aumenta, sus kilómetros por hora son más, no me atrevo a decir cuántos pero se trata sin dudas de una corriente veloz. Arroyos más grandes forman parte de la expedición, la velocidad es mayor y cada vez más cerca del final, y ya casi que quiere llegar y llega. Es ahora el río más inmenso de todo el mundo, y su velocidad la mayor de todas, y es justo en este instante de apogeo que sus kilómetros y sus horas terminan  por aburrirse, han dejado de ocupar espacios tan rutinarios como de numerador y denominador, se han unido, ahora ya no son ni una cosa ni otra, ni espacio ni tiempo, se han convertido en una única unidad divina sin medición posible, en el río, que lo es todo en sí mismo, que no quiere ser otra cosa, porque vagará, porque su honestidad no le permite ser clasificado, porque el río es más fuerte que el viento, el río desembocará y será el océano, y una vez allí todo tendrá sentido o ni siquiera, una vez allí hará lo posible por recordar quien fue, reconocerse a sí mismo e imaginar los cerros, sus inicios, las montañas y el deshielo, los kilómetros recorridos, y también las horas.

Con una cuchara las viejas rascan los laterales de las ollas. Con esa cuchara sacan los desperdicios y el arroz quemado. Con esa misma cuchara sus miserias se convierten definitivamente en basura.

Pasan después la virulana y la olla queda como nueva. Se quita la mugre para siempre y va a parar amistosamente al cesto. La olla por su parte está nueva y brilla pero recuerda, y con su superficie rascada añora los desperdicios y el arroz quemado.

Las viejas se sienten como nuevas y olvidan que mientras rascaban las ollas el tiempo siguió su camino irremediable hacia el delirio infinito y las palabras eternas, y así lo seguirá haciendo hasta formar parte del hierro que hace las ollas, y ser así rascadas por otras viejas.

Acá exhibiendo mi figura por vez primera, reflexionando frente al lago, o más bien diciendo: che che sacame, sacá, sacame acá que me hago el que miro el horizonte, como si estuviera reflexionando, como si estuviera concentrado (pero no).

Volviendo al atardecer.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑