Un personaje ficticio recorría algunas callejuelas inventadas dentro de un cuento maravilloso. Se lo percibía lejano, misterioso y en silencio. Reflexionaba aquel personaje sobre su existencia, y sobre la necesidad de un creador. Notó mientras arrastraba sus pies que no tenía identidad y que sencillamente era descrito a través de sus movimientos y de su contexto.

De forma inmediata reclamó una identidad. Pidió un nombre, pidió un rostro, detalles sobre su nariz y sus labios. Sus pómulos se presentaban como rasgos desconocidos del que deseaba obtener algún detalle. Se arrodilló en medio de una calle sin temer el ser aplastado por algún vehículo imaginario. Asaltó a su autor por sorpresa y se rebeló en su propia historia. Gritó al cielo ficticio pero no tenía voz.

Anhelaba el personaje poder abrir un diálogo, tener la oportunidad de que el lector lo conozca en profundidad a través de sus propias palabras. El escritor no quiso darle el gusto, le explicó en secreto que sería mejor así, que de esta forma evitaría ser juzgado y su enigmática figura despertaría un mayor interés. A continuación engendró la lluvia en la ciudad del cuento, obligó al protagonista a mojarse y le ofreció apenas un sobretodo para poder recorrer algunos sectores cada vez más oscuros.

El héroe silencioso continuó en su búsqueda de la verdad. Se quitó el abrigo y se detuvo bajo la lluvia para recibir aquel fenómeno sin muestras de pánico. Corrió también por algunos pasajes que se iban generando en la imaginación del escritor cobarde. No había salida, no podría jamás darse a conocer y menos tener la posibilidad de evadir su condición inexistente.

Finalmente caminó cabizbajo observando su realidad desconocida con ojos de colores imprecisos, frunció sus cejas indistintas y se resignó a ser al menos digno de su cuento, de su ciudad ficticia, de sus lectores anónimos.

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