Cuando recorro las plazas de la ciudad de Buenos Aires, me encuentro por lo general con gente tomando mate, familias charlando y lo que más me gusta, chicos jugando a la pelota. Yo paso caminando de cerca, haciéndome el adulto, el hombre grande que soy, tratando de que nadie sospeche (sobre todo los chicos) de que ruego en secreto que algún viento benevolente, algún pifie de zurda, algún cabezazo poco logrado, me haga partícipe del juego por un momento. “La pelota al jugador” recito en mi interior.

Debo decir que por suerte, cada cierto tiempo ocurre. Es natural que la pelota venga picando, desplegando toda su belleza, su atractivo prácticamente irracional y elemental de ser un objeto tan puro como una esfera. Algo que apenas la tecnología del ser humano pudo crear, debió ser creado.

Comienza entonces el contacto visual con el niño que viene corriendo para que la pelota no se vaya tan lejos. Yo con la mano lo detengo, le aviso que se quede tranquilo porque ahí estoy yo, entendedor de la situación que tantas veces he vivido de forma inversa. El momento puede tener un agregado bellísimo, que es justamente el que estaba esperando. Recibo la pelota a veces con el taco, tal vez la paro de rabona, si viene picando y la veo con buen peso, puede que la reciba haciendo un jueguito para entregar limpia y elegante de aire. En estos casos el niño suele esbozar una gran sonrisa de asombro, la misma que yo esbozaba cuando iba a buscarla y me sorprendía con algún señor, a veces anciano, que quizá haciendo un asado en familia, de pronto la paraba de pecho, la devolvía con precisión y toque seco, y por supuesto, una grandísima sonrisa cómplice que generaba la mía.

Esa conexión de sonrisas se vuelve maravillosa, de un lado la juventud, la niñez argentina que ama la pelota como pocas cosas en la vida, y dedica sin resquemores gran parte de su tiempo a controlar aquel juego extraordinario. Del otro, por lo general estamos los adultos argentinos, los frustrados que sabemos que aquella pelota resulta hermosa y cruel en forma simultánea, porque todos por esta región la hemos deseado con ardor, y ella sin culpas elige pacientemente a quienes pueden acariciarla de forma profesional y desecha a los que no la merecemos, los que todavía nos sorprendemos antes de dormir sintiéndonos niños, imaginando sueños imposibles, sueños de gol, de mundial, de clavadas al ángulo, de pases en profundidad, de emoción y lágrimas, de tribuna rendida, de bombonera repleta, de dedicatorias a la vieja por televisión, de tantas cosas que ya he olvidado, pero que he imaginado desde mi niñez hasta hoy en la cama, justo antes de que el dulce sueño me atrape y me sorprenda riñéndome con dulzura, justo cuando estoy colgado del alambrado de cara a toda la tribuna gritando el gol del campeonato.

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