Iba caminando por la calle y me detuvo una señora. No era como cualquier señora, tenía la mano repleta de anillos y un sombrero algo extraño y cómico a la vez. De todas maneras, su forma de mirar estaba lejos de ser graciosa.

Me preguntó por qué me dolía el brazo. Me sorprendió la pregunta y me aparté. Le dije que no me dolía y murmuré otras cosas en un tono mucho más bajo que ella no podría oír. Avancé un poco sintiendo una extraña sensación que puede acercarse al miedo. De pronto noté cómo una mano me sujetaba fuertemente y detenía mi andar. Era la señora. Me dijo que no lo niegue, que ella podría entenderme, que no tenía que darme vergüenza. Que el dolor era psicológico y que ella lo solucionaría.

Me enfurecí y al mismo tiempo quería llorar. Era cierto, arrastraba un dolor en mi brazo derecho hace años y no había una causa clara. Lo peor de todo es que ese sufrimiento me impedía concentrar mi atención en alguna actividad concreta. Todo el tiempo me acompañaba y estoy seguro de que una parte de mi cerebro estaba constantemente pensando en aquel dolor.

La señora percibió mis sensaciones encontradas y se acercó aún más. Me tomó con el otro brazo y llamó a alguien llamado Ernesto. Ernesto era un hombre alto y callado que apareció de algún lugar confuso que no pude visualizar. Me tomó el brazo con fuerza y la señora le dio unas órdenes. Le dije que se detenga, que no necesitaba eso. Solo quería marcharme y olvidar ese encuentro.

Hasta ese momento nadie podía comprender el dolor que yo sentía. Le explicaba a mi familia, a mi novia, a los médicos, que yo tenía un dolor en un brazo. Que no sabía bien que era, que parecía como un cosquilleo a veces, que no podía dibujar bien, que algo me pasaba aunque no podía explicarlo con claridad. Los estudios que me hicieron no servían para nada. Las resonancias de hombro, de cervical, de muñeca, siempre arrojaban resultados positivos. Probé con kinesiología, nada resultó.

Ernesto hizo un movimiento como si me fuera a romper el brazo en mil pedazos. Torpemente sacudía mi extremidad junto con su cuerpo. Hubiera jurado que toda la energía empleada en esos sacudones partían desde sus pies, tal vez utilizando alguna especie de energía terrestre también. Finalizó su trabajo y me soltó.

La señora me besó y palmeó a Ernesto. Se fueron caminando y me dejaron con un malestar más grande en mi brazo pero más concreto. Una sensación real que yo podía percibir directamente con mi sistema nervioso. Habría que esperar entonces hasta que el dolor cese. Me encontré confundido y los saludé en silencio. Gracias, pensé.

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