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tundrario

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noviembre 2016

Un personaje ficticio recorría algunas callejuelas inventadas dentro de un cuento maravilloso. Se lo percibía lejano, misterioso y en silencio. Reflexionaba aquel personaje sobre su existencia, y sobre la necesidad de un creador. Notó mientras arrastraba sus pies que no tenía identidad y que sencillamente era descrito a través de sus movimientos y de su contexto.

De forma inmediata reclamó una identidad. Pidió un nombre, pidió un rostro, detalles sobre su nariz y sus labios. Sus pómulos se presentaban como rasgos desconocidos del que deseaba obtener algún detalle. Se arrodilló en medio de una calle sin temer el ser aplastado por algún vehículo imaginario. Asaltó a su autor por sorpresa y se rebeló en su propia historia. Gritó al cielo ficticio pero no tenía voz.

Anhelaba el personaje poder abrir un diálogo, tener la oportunidad de que el lector lo conozca en profundidad a través de sus propias palabras. El escritor no quiso darle el gusto, le explicó en secreto que sería mejor así, que de esta forma evitaría ser juzgado y su enigmática figura despertaría un mayor interés. A continuación engendró la lluvia en la ciudad del cuento, obligó al protagonista a mojarse y le ofreció apenas un sobretodo para poder recorrer algunos sectores cada vez más oscuros.

El héroe silencioso continuó en su búsqueda de la verdad. Se quitó el abrigo y se detuvo bajo la lluvia para recibir aquel fenómeno sin muestras de pánico. Corrió también por algunos pasajes que se iban generando en la imaginación del escritor cobarde. No había salida, no podría jamás darse a conocer y menos tener la posibilidad de evadir su condición inexistente.

Finalmente caminó cabizbajo observando su realidad desconocida con ojos de colores imprecisos, frunció sus cejas indistintas y se resignó a ser al menos digno de su cuento, de su ciudad ficticia, de sus lectores anónimos.

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  • ¿Ésto es todo? – Preguntó el hombre ordinario.
  • Es todo. – Respondió el hombre inteligible.
  • ¿Y los sueños?
  • Son el pasado.
  • ¿Y la plenitud?
  • No existe.
  • ¿Y el amor incondicional que da sentido a las vidas mundanas?
  • Es para pocos.
  • ¿Y qué queda?
  • Queda lo que puedas hacer con lo que queda.
  • Puedo hacer muy poco.
  • Quedará muy poco entonces.

Cuando recorro las plazas de la ciudad de Buenos Aires, me encuentro por lo general con gente tomando mate, familias charlando y lo que más me gusta, chicos jugando a la pelota. Yo paso caminando de cerca, haciéndome el adulto, el hombre grande que soy, tratando de que nadie sospeche (sobre todo los chicos) de que ruego en secreto que algún viento benevolente, algún pifie de zurda, algún cabezazo poco logrado, me haga partícipe del juego por un momento. “La pelota al jugador” recito en mi interior.

Debo decir que por suerte, cada cierto tiempo ocurre. Es natural que la pelota venga picando, desplegando toda su belleza, su atractivo prácticamente irracional y elemental de ser un objeto tan puro como una esfera. Algo que apenas la tecnología del ser humano pudo crear, debió ser creado.

Comienza entonces el contacto visual con el niño que viene corriendo para que la pelota no se vaya tan lejos. Yo con la mano lo detengo, le aviso que se quede tranquilo porque ahí estoy yo, entendedor de la situación que tantas veces he vivido de forma inversa. El momento puede tener un agregado bellísimo, que es justamente el que estaba esperando. Recibo la pelota a veces con el taco, tal vez la paro de rabona, si viene picando y la veo con buen peso, puede que la reciba haciendo un jueguito para entregar limpia y elegante de aire. En estos casos el niño suele esbozar una gran sonrisa de asombro, la misma que yo esbozaba cuando iba a buscarla y me sorprendía con algún señor, a veces anciano, que quizá haciendo un asado en familia, de pronto la paraba de pecho, la devolvía con precisión y toque seco, y por supuesto, una grandísima sonrisa cómplice que generaba la mía.

Esa conexión de sonrisas se vuelve maravillosa, de un lado la juventud, la niñez argentina que ama la pelota como pocas cosas en la vida, y dedica sin resquemores gran parte de su tiempo a controlar aquel juego extraordinario. Del otro, por lo general estamos los adultos argentinos, los frustrados que sabemos que aquella pelota resulta hermosa y cruel en forma simultánea, porque todos por esta región la hemos deseado con ardor, y ella sin culpas elige pacientemente a quienes pueden acariciarla de forma profesional y desecha a los que no la merecemos, los que todavía nos sorprendemos antes de dormir sintiéndonos niños, imaginando sueños imposibles, sueños de gol, de mundial, de clavadas al ángulo, de pases en profundidad, de emoción y lágrimas, de tribuna rendida, de bombonera repleta, de dedicatorias a la vieja por televisión, de tantas cosas que ya he olvidado, pero que he imaginado desde mi niñez hasta hoy en la cama, justo antes de que el dulce sueño me atrape y me sorprenda riñéndome con dulzura, justo cuando estoy colgado del alambrado de cara a toda la tribuna gritando el gol del campeonato.

Iba caminando por la calle y me detuvo una señora. No era como cualquier señora, tenía la mano repleta de anillos y un sombrero algo extraño y cómico a la vez. De todas maneras, su forma de mirar estaba lejos de ser graciosa.

Me preguntó por qué me dolía el brazo. Me sorprendió la pregunta y me aparté. Le dije que no me dolía y murmuré otras cosas en un tono mucho más bajo que ella no podría oír. Avancé un poco sintiendo una extraña sensación que puede acercarse al miedo. De pronto noté cómo una mano me sujetaba fuertemente y detenía mi andar. Era la señora. Me dijo que no lo niegue, que ella podría entenderme, que no tenía que darme vergüenza. Que el dolor era psicológico y que ella lo solucionaría.

Me enfurecí y al mismo tiempo quería llorar. Era cierto, arrastraba un dolor en mi brazo derecho hace años y no había una causa clara. Lo peor de todo es que ese sufrimiento me impedía concentrar mi atención en alguna actividad concreta. Todo el tiempo me acompañaba y estoy seguro de que una parte de mi cerebro estaba constantemente pensando en aquel dolor.

La señora percibió mis sensaciones encontradas y se acercó aún más. Me tomó con el otro brazo y llamó a alguien llamado Ernesto. Ernesto era un hombre alto y callado que apareció de algún lugar confuso que no pude visualizar. Me tomó el brazo con fuerza y la señora le dio unas órdenes. Le dije que se detenga, que no necesitaba eso. Solo quería marcharme y olvidar ese encuentro.

Hasta ese momento nadie podía comprender el dolor que yo sentía. Le explicaba a mi familia, a mi novia, a los médicos, que yo tenía un dolor en un brazo. Que no sabía bien que era, que parecía como un cosquilleo a veces, que no podía dibujar bien, que algo me pasaba aunque no podía explicarlo con claridad. Los estudios que me hicieron no servían para nada. Las resonancias de hombro, de cervical, de muñeca, siempre arrojaban resultados positivos. Probé con kinesiología, nada resultó.

Ernesto hizo un movimiento como si me fuera a romper el brazo en mil pedazos. Torpemente sacudía mi extremidad junto con su cuerpo. Hubiera jurado que toda la energía empleada en esos sacudones partían desde sus pies, tal vez utilizando alguna especie de energía terrestre también. Finalizó su trabajo y me soltó.

La señora me besó y palmeó a Ernesto. Se fueron caminando y me dejaron con un malestar más grande en mi brazo pero más concreto. Una sensación real que yo podía percibir directamente con mi sistema nervioso. Habría que esperar entonces hasta que el dolor cese. Me encontré confundido y los saludé en silencio. Gracias, pensé.

Bicicleteando por la Rambla.

Ciudad Vieja, Montevideo. Un domingo…

Playa Pocitos, Montevideo.

Día gris recorriendo la 18 de Julio.

Hace poco estuve unos días en Montevideo. En la foto, una de las cualidades más lindas de la ciudad y ejemplo de cómo debe aprovecharse un río, la Rambla.

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