La vi de lejos, estaba en la otra calle. Entonces respiré, reuní el aire necesario, me demoré unos instantes en preparar un grito profundo, tenaz, que suscite el temor, y finalmente lo ejecuté. ¡Lizette, vení Lizette!, ¿Qué estás haciendo allá, tan lejos? Vení conmigo, Lizette. Parpadeé también y no la pude ver en el lugar donde estaba en principio, sino que me sorprendió un poco más cerca, tal vez se arrimó unos veinte o treinta metros. Volví a reunir el aire, el desprecio y ardor permanecían en mi interior, y dije con furia ¡Lizette! Que estás haciendo, vení para acá, necesito hablar ya mismo con vos. Sin llegar a percibirlo, parpadeé nuevamente y lo mismo sucedió, la pude apreciar más cerca, otros veinte metros, y miraba hacia arriba, a su alrededor, como distraída. Esta vez no fue necesario gritar tan fuerte, casi sin hinchar mi pecho le dije ¡Lizette!, quiero verte, quiero hablar con vos ya mismo, escuchame. Noté por un momento que me distinguía pero con una especie de aura perdida, de ver sin mirar, y volví a parpadear. Ahora estaba lo suficientemente cerca, a unos metros de mí, y le dije con una voz suave, Lizette, ¿Cómo te acercaste de esa forma?, necesito de todos modos que hablemos un poco, quiero decirte lo que me pasa, y necesito hacerlo ya mismo. La descubrí observándome sutilmente, casi sin escucharme, como volando delante de mí y volví a parpadear. Algo retumbó en mis oídos, algo inexplicable ocurrió. Ahora su nariz rozaba la mía, podía sentir en mis labios una pequeña distancia que los separaba de los suyos, quise reunir el aire necesario para pronunciar su nombre una vez más, para hablarle y decirle lo que tenía que decir pero fue imposible. Solo el silencio perduró, y sus ojos avergonzaron los míos, y su voz callada ahogó la mía, y su aire detuvo mi respiración, y lo mismo de siempre, Lizette.

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