Revisé el teléfono y noté que no tenía ninguna notificación nueva. Estaba al día con Whatsapp, estaba al día con Facebook, no tenía llamadas tampoco, todo perfecto. Lo guardé en mi bolsillo e inmediatamente lo volví a sacar y a confirmar que estaba al día. Lo guardé nuevamente y lo saqué. Lo miré fijamente e hice un poco de fuerza con mi mano. Lo apreté porque tal vez así me diría algo nuevo, me comentaría en silencio, con un pequeño destello que algo desconocido había llegado a mi vida, algo nuevo que yo no era capaz de generar porque soy un ser completamente incapaz. Lo volví a mirar y mis ojos tomaron un color rojizo, comencé a sudar también y una pequeñísima gota de sangre se asomó por mi fosa nasal. Guardé como pude el aparato en mi bolsillo y casi temblando repetí la operación. Sin notarlo empecé a hablar, a pedirle al teléfono que me de algo, que me lo de ahora, que no puedo vivir así, que necesito ya mismo una noticia, le grité con furia hasta que lentamente comenzó a absorberme, fui formando parte de él, y yo ya no era yo sino el teléfono, era Whatsapp, era Facebook, era todo junto, y cuando lo fui descansé, cuando lo fui mis ojos tomaron su color natural pero se perdieron, se clavaron en un punto fijo, atónito, inexistente, para nunca más fijar la vista en nada ni nadie, para no ser jamás lo que fui ni detenerme, ni poder apreciar una obra de arte, ni absolutamente nada de lo que pasa a mi alrededor, de lo que pasa aquí y ahora, de lo que la vida es, de lo que la vida supo ser.

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