De pronto lo vi caer. Nos habíamos jurado compartir ese camino por un tiempo indefinido, hasta que la muerte nos separe, o no necesariamente la muerte, sino algún momento lejano del que no somos capaces de imaginar. Pero ahí estaba, al lado mío y lo vi caer. El momento no sólo se volvió imaginable, sino que además era tangible y cierto. Se tropezó torpemente y con suavidad se adhirió al suelo. Lo vi desde el piso levantando como podía la cabeza y su mano, tratando de saludar, o tal vez de sujetar la mía, de decirme por un lado que quería seguir conmigo transitando ese camino hacia lo desconocido, hacia el delirio infinito y las palabras eternas, o tal vez despidiéndose, sí, diciéndome que hasta ahí llegaba, que ya no le daba para más y que todo esto era en definitiva una locura. En su rostro una sonrisa forzada se acercaba al llanto y la vergüenza nerviosa. A partir de entonces era terreno virgen, todo lo que viene va por mi cuenta, y si me equivoco y caigo, será por mi cuenta y caeré solo. Si alcanzo el sueño será solo mía la gloria. Algo sucederá, todo sucederá, pero únicamente puedo saber que lo viviré en soledad. Entonces yo quise tenderle mi mano, quise decirle que venga conmigo, que deseo que venga conmigo, pero era falso, era mi hipocresía la que hablaba porque él ya no era él, sino un cuerpo debilitado tendido en el piso sintiendo vergüenza de sí mismo con la mano en alto. Me despedí de él y le dije que jamás en toda mi vida lo olvidaría. Mi alma permanecía en silencio, yo creo que en realidad lloraba y no quería terminar de asumir lo que estaba pasando, pero era lo que tenía y tengo que afrontar solo, siempre solo.

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