De eso se trata por estas latitudes. Los domingos en Buenos Aires se pueden oler brasas, se puede oler leña quemándose por todos los rincones. Las calles desoladas, el día puede ser soleado o gris pero por allí andan ocultos los porteños cerca de los pulmones de manzana, en cada patiecito, en un lindo jardín, o en una rejita que alguien improvisó sobre la tierra. Y así comienza un domingo, que puede ser con resaca o con todas las luces, y ya temprano uno se mueve, hace las compras, que no falte carbón, que no falte carne, y que no falte vino por sobre todas las cosas. La excusa es la misma, antes de encender el fuego, primero un vaso de cerveza cerquita de la parrilla. Charlando con amigos, riendo, conversando, mientras la excusa nos mantiene cerca, nos une sin pensarlo demasiado. Primero unos bollitos de papel de diario, me gusta poner también dos carbones grandes a los costados que se conviertan en la base, que soporten unas maderitas que me facilitó el verdulero de barrio. Con esas maderitas hago otra superficie formando una especie de mesa, una estructura perfecta donde coloco finalmente encima otros trozos de carbón más grandes, que serán la clave para tener fuego por siempre, o por esa tarde al menos (que a su vez puede ser siempre). Es importante que logre acceder el aire, que respire dicen algunos, así uno puede echarle una sopladita y fuego se enfurece, arde más fuerte y castiga al carbón con violencia. Mis manos por lo general negras, llenas de carbón, y así todo sucio me limpio la cara, agarro el vaso también y todos de a poco van elevando la voz, se van riendo más fuerte, empezamos de a poco a sentirnos felices, a disfrutar plenamente de nuestras costumbres. Pueden también abrirse los vinos, alguno que trajo fernet, y la cosa sigue. Las brasas están listas, las muevo un poquito por toda la parrilla de manera uniforme, que quede todo listo para recibir nuestro orgullo nacional: arrancan las achuras, chorizo, chinchulín, la morcilla la dejamos para más tarde. Aparece con elegancia un gran trozo de vacío, y otro de asado. No pueden esperar más para sentir el ardor de los hierros calientes, para cocinarse suavemente, para satisfacer los estómagos y sobre todo las almas de los comensales, que por un largo rato olvidan la excusa, olvidan para qué se juntaron y se entregan de lleno a beber y reír, a ser lo que corresponde ser en aquella ciudad. Cuando las carnes comienzan a estar a punto, ya todos se encuentran en la mesa, el tiempo previo fue suficiente y el hambre se deja sentir. Llega entonces en una bandeja el alimento, la carne, la mejor del mundo, el orgullo vacuno y patagónico que pasta con paciencia en las llanuras argentinas. Entonces todos comen, y siguen bebiendo, y siguen riendo. Las voces cada vez más fuerte, alguno que no quiere morcilla, otro evita el chorizo o el chinchulín, pero estamos de acuerdo todos en que el vacío y el asado formarán parte del plato principal, y todos celebran la posibilidad de comerlo, y aplauden con fuerza al asador, al trabajador que estuvo a disposición y entregó algunas risas a cambio de exigencias domingueras. Tal vez se deba en parte a que a los asadores nos gusta contemplar el fuego, nos gusta conectarnos con las brasas e interpretarlas, porque así es la naturaleza, algunas especies o elementos llegaron para ser controladas por el ser humano, y otras para ser interpretadas e intervenidas. El fuego siempre será rebelde y siempre estaré ahí para observarlo, para ver por dónde va y qué necesita, y donde le falta, para unirme con él suavemente. Todos están satisfechos, todo está sucio también, pero algunos toman la responsabilidad de limpiar, de dejar la mesa en condiciones nuevamente, porque llegará de nuevo la bebida, y porque si nos organizamos, aunque no seamos cuatro ni seis, nos armamos un partido de truco, nos desafiamos con ternura y carcajadas, con soberbia permitida, y así jugamos y así la tarde transcurre, y de a poco el sol se esconde y recordamos que es domingo, y que los domingos cuando el sol se esconde, la excusa se termina. Es hora de volver a casa.

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