• Esto que yo hago, ¿Está bien o está mal? – Preguntó sumido en el desconcierto el Hombre Ordinario.
  • No lo sé. – Respondió con serena expresión y su reconocida imperturbabilidad el Hombre Inteligible, quien en prudencia iguala al terriblísimo Zeus Crónida.
  • ¿Y qué debo hacer si ni siquiera vos lográs emitir un juicio, con tu excelentísima sensatez?
  • Seguir adelante, hijo mío. – Replicó colocando una mano sobre la espalda retraída de su discípulo, exhibiendo sin pudor por primera vez un gesto de empatía y honesto cariño.
  • Gracias amigo.
  • Es una osadía de tu parte llamarme amigo. – Dijo finalmente con una sutil sonrisa el Hombre Inteligible, quien se complace en aconsejar a los mortales, y se esfumó.

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