Estaba hablando muy tranquilo con un amigo de toda la vida, de esos que uno conoce de chiquito y que son muy pocos. El tiempo fue pasando y todos fuimos cambiando. Estábamos tomando una cerveza y tratando de encontrar algún tema que nos una, que nos haga sentir juntos, porque en el fondo nos queremos, pero cada vez nos cuesta más encontrar el espacio. Me preguntaba por el trabajo, por esto, por lo otro, me hablaba de sus logros en el banco. Con orgullo relataba el ascenso que tuvo hace poco, que está ganando bien, que en la oficina se permite ciertas licencias y que lo respetan mucho. Yo no quería contar cosas sobre mí, en general no me gusta cuando me acorralan de esa forma, me aburre, me cansa, ya no creo en nada de eso. Él se puso de a poco en una postura de ayuda, me sugería variantes que yo podía usar para conseguir un buen trabajo, para ganar más plata, para desarrollarme y tal vez con suerte el día de mañana podría trabajar en un banco, me podrían ascender y tener mis licencias, gente a cargo, ser el rey de la oficina. Yo asentí con tristeza, asentí como pude tratando de darle la razón, de estar ahí con él y apoyarlo, por no decirle que no creo en lo que dice y que en el fondo me da lástima, que no me sugiera variantes laborales, que se guarde su pena porque no creo en esa vida, no creo en nada que tenga que ver con un banco, no concibo una vida que transcurre y me aplasta, y se lleva mi tiempo y mi alma en una oficina, en responsabilidades que no son mías, en respuestas de esclavo a intereses que no valen la pena, que nada de eso tiene sentido para mí, porque hace tiempo le busco el sentido a la vida, y de lo único que estoy seguro es de que no está ahí, no está frente a una computadora, no está en las órdenes, no está en sentirme más que otros, no está tampoco en la calle ni en ningún lado. Tal vez exista, y en ese caso lo encontraré en la irrealidad, en la creación humana que excede cualquier percepción, en el arte, en la única salvación que tenemos para poder salir de la rutinaria repetición de momentos. Y entonces tuve que responder y elegí callar, asentí cuando me hizo sus sugerencias con ganas de abrazarlo, de decirle todo lo que me pasa pero que él no tiene la culpa, ni su trabajo, ni nadie.

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