Bebe whisky el entusiasta escritor de tangos Attilio Olivetti. Le preguntan cuál es su pasión. Algunos días atrapado por la inspiración y sus ansias de escribir cree que es capaz de responder con precisión. Otros días la inspiración lo evita y entiende que su pasión en realidad es un concepto en sí mismo. Sencillamente quiere vivir apasionado.

¿Será posible vivir así? ¿Necesitará acaso una actividad para volcar sus intensas sensaciones? ¿Será la creación de tangos el fin de su existencia?

Sueña con musas desconocidas y con la inspiración personificada. En cuanto la percibe, se aboca a la escritura y termina por espantarla. Quizá su ardor es superado por su sentido de la lógica.

Sufre Don Attilio, su sangre hierve. Sus ganas de vivir plenamente exceden el significado de las palabras que es capaz de trasladar al papel. Lo flagela el deseo por darle una estructura a sus emociones. Así están las cosas en la mente del más grande escritor de tangos que ha dado Buenos Aires.

Continúa bebiendo whisky, se siente mareado, se siente pleno. El alcohol de su vaso se muestra noble. Lo tienta ofreciendo un punto de ebullición con algunas facilidades. El agua simboliza su estado natural y para alcanzar aquel punto precisa aún más calor del que Attilio puede ofrecer. Recurrir al alcohol se convierte en la variante más eficaz, sujeta su vaso y bebe su contenido. Su sangre hierve.

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