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tundrario

mes

octubre 2016

¿Sabés lo que pasa?, que no somos iguales. No tenemos tanto en común como vos creés. A mí me gusta meterme en la ducha y poner el agua caliente, ¿entendés? Ponerla lo más caliente que pueda, y cuando estoy a punto de quemarme, con el movimiento más sutil que soy capaz de hacer, la pongo más caliente todavía hasta que por una medida prácticamente imposible de percibir, me quemo, y cuando me quemo me siento vivo, y así la vuelvo a bajar porque no puedo tolerar ese dolor, porque no lo aguanto pero no porque no me guste, y una vez que vuelvo, empiezo otra vez y otra vez, hasta quemarme, sentirme siempre ardiendo, porque yo ardo, siempre ardí y vos no, vos sos una cosa tibia, insulsa, que me aburre y no me da ni siquiera frío, así es la tibieza y así, por desgracia, te tocó ser a vos.

La voz dice cosas.
La voz dirige los pensamientos de los hombres.
Los hombres sienten temor y no desean escuchar la voz.
La voz es más fuerte.
Su fuerza se encuentra en ideas de pánico.
El terror es sembrado con palabras sagaces.
La voz divide a los hombres y los enfrenta.
El caos está instalado, la voz goza.
Trémulas miradas se distancian y persiste un escenario de división.
La voz estentórea da inicio a la guerra.
Los hombres pelean y lloran.
La voz ríe.

La vi de lejos, estaba en la otra calle. Entonces respiré, reuní el aire necesario, me demoré unos instantes en preparar un grito profundo, tenaz, que suscite el temor, y finalmente lo ejecuté. ¡Lizette, vení Lizette!, ¿Qué estás haciendo allá, tan lejos? Vení conmigo, Lizette. Parpadeé también y no la pude ver en el lugar donde estaba en principio, sino que me sorprendió un poco más cerca, tal vez se arrimó unos veinte o treinta metros. Volví a reunir el aire, el desprecio y ardor permanecían en mi interior, y dije con furia ¡Lizette! Que estás haciendo, vení para acá, necesito hablar ya mismo con vos. Sin llegar a percibirlo, parpadeé nuevamente y lo mismo sucedió, la pude apreciar más cerca, otros veinte metros, y miraba hacia arriba, a su alrededor, como distraída. Esta vez no fue necesario gritar tan fuerte, casi sin hinchar mi pecho le dije ¡Lizette!, quiero verte, quiero hablar con vos ya mismo, escuchame. Noté por un momento que me distinguía pero con una especie de aura perdida, de ver sin mirar, y volví a parpadear. Ahora estaba lo suficientemente cerca, a unos metros de mí, y le dije con una voz suave, Lizette, ¿Cómo te acercaste de esa forma?, necesito de todos modos que hablemos un poco, quiero decirte lo que me pasa, y necesito hacerlo ya mismo. La descubrí observándome sutilmente, casi sin escucharme, como volando delante de mí y volví a parpadear. Algo retumbó en mis oídos, algo inexplicable ocurrió. Ahora su nariz rozaba la mía, podía sentir en mis labios una pequeña distancia que los separaba de los suyos, quise reunir el aire necesario para pronunciar su nombre una vez más, para hablarle y decirle lo que tenía que decir pero fue imposible. Solo el silencio perduró, y sus ojos avergonzaron los míos, y su voz callada ahogó la mía, y su aire detuvo mi respiración, y lo mismo de siempre, Lizette.

Revisé el teléfono y noté que no tenía ninguna notificación nueva. Estaba al día con Whatsapp, estaba al día con Facebook, no tenía llamadas tampoco, todo perfecto. Lo guardé en mi bolsillo e inmediatamente lo volví a sacar y a confirmar que estaba al día. Lo guardé nuevamente y lo saqué. Lo miré fijamente e hice un poco de fuerza con mi mano. Lo apreté porque tal vez así me diría algo nuevo, me comentaría en silencio, con un pequeño destello que algo desconocido había llegado a mi vida, algo nuevo que yo no era capaz de generar porque soy un ser completamente incapaz. Lo volví a mirar y mis ojos tomaron un color rojizo, comencé a sudar también y una pequeñísima gota de sangre se asomó por mi fosa nasal. Guardé como pude el aparato en mi bolsillo y casi temblando repetí la operación. Sin notarlo empecé a hablar, a pedirle al teléfono que me de algo, que me lo de ahora, que no puedo vivir así, que necesito ya mismo una noticia, le grité con furia hasta que lentamente comenzó a absorberme, fui formando parte de él, y yo ya no era yo sino el teléfono, era Whatsapp, era Facebook, era todo junto, y cuando lo fui descansé, cuando lo fui mis ojos tomaron su color natural pero se perdieron, se clavaron en un punto fijo, atónito, inexistente, para nunca más fijar la vista en nada ni nadie, para no ser jamás lo que fui ni detenerme, ni poder apreciar una obra de arte, ni absolutamente nada de lo que pasa a mi alrededor, de lo que pasa aquí y ahora, de lo que la vida es, de lo que la vida supo ser.

Dios se hace presente en el planeta tierra y cita en ese preciso momento al hombre más hermoso que jamás haya existido. Inmediatamente logra distinguirse la imagen del más excelso ejemplar de la raza frente a una multitud asombrada. Las extremidades inferiores de las mujeres concurrentes se debilitan.

El hombre hermoso permanece en silencio y observa horrorizado a las personas y a Dios. Este último lo empuja sutilmente hacia adelante invitándolo a dar su veredicto. Pretende demostrar que la belleza obtenida por las bondades de la naturaleza no garantizan la absoluta paz espiritual, sino que aquel camino se encuentra a partir de un extenso trabajo introspectivo.

Comprendiéndolo todo, el poseedor del encanto físico jamás visto evita pronunciar mentiras. Coloca de forma correspondiente sus órganos de fonación y emite en voz alta que además de ser el hombre más hermoso que haya existido, también fue el más pleno y feliz.

El público se subleva y Dios desaparece. El hombre hermoso como símbolo de la justicia terrestre agrega: Podrán ser felices y plenos quienes acepten su propia realidad como la absoluta verdad física y espiritual. Dicho esto, su rostro se transformó. Era el hombre más espantoso que jamás haya existido.

De pronto lo vi caer. Nos habíamos jurado compartir ese camino por un tiempo indefinido, hasta que la muerte nos separe, o no necesariamente la muerte, sino algún momento lejano del que no somos capaces de imaginar. Pero ahí estaba, al lado mío y lo vi caer. El momento no sólo se volvió imaginable, sino que además era tangible y cierto. Se tropezó torpemente y con suavidad se adhirió al suelo. Lo vi desde el piso levantando como podía la cabeza y su mano, tratando de saludar, o tal vez de sujetar la mía, de decirme por un lado que quería seguir conmigo transitando ese camino hacia lo desconocido, hacia el delirio infinito y las palabras eternas, o tal vez despidiéndose, sí, diciéndome que hasta ahí llegaba, que ya no le daba para más y que todo esto era en definitiva una locura. En su rostro una sonrisa forzada se acercaba al llanto y la vergüenza nerviosa. A partir de entonces era terreno virgen, todo lo que viene va por mi cuenta, y si me equivoco y caigo, será por mi cuenta y caeré solo. Si alcanzo el sueño será solo mía la gloria. Algo sucederá, todo sucederá, pero únicamente puedo saber que lo viviré en soledad. Entonces yo quise tenderle mi mano, quise decirle que venga conmigo, que deseo que venga conmigo, pero era falso, era mi hipocresía la que hablaba porque él ya no era él, sino un cuerpo debilitado tendido en el piso sintiendo vergüenza de sí mismo con la mano en alto. Me despedí de él y le dije que jamás en toda mi vida lo olvidaría. Mi alma permanecía en silencio, yo creo que en realidad lloraba y no quería terminar de asumir lo que estaba pasando, pero era lo que tenía y tengo que afrontar solo, siempre solo.

De eso se trata por estas latitudes. Los domingos en Buenos Aires se pueden oler brasas, se puede oler leña quemándose por todos los rincones. Las calles desoladas, el día puede ser soleado o gris pero por allí andan ocultos los porteños cerca de los pulmones de manzana, en cada patiecito, en un lindo jardín, o en una rejita que alguien improvisó sobre la tierra. Y así comienza un domingo, que puede ser con resaca o con todas las luces, y ya temprano uno se mueve, hace las compras, que no falte carbón, que no falte carne, y que no falte vino por sobre todas las cosas. La excusa es la misma, antes de encender el fuego, primero un vaso de cerveza cerquita de la parrilla. Charlando con amigos, riendo, conversando, mientras la excusa nos mantiene cerca, nos une sin pensarlo demasiado. Primero unos bollitos de papel de diario, me gusta poner también dos carbones grandes a los costados que se conviertan en la base, que soporten unas maderitas que me facilitó el verdulero de barrio. Con esas maderitas hago otra superficie formando una especie de mesa, una estructura perfecta donde coloco finalmente encima otros trozos de carbón más grandes, que serán la clave para tener fuego por siempre, o por esa tarde al menos (que a su vez puede ser siempre). Es importante que logre acceder el aire, que respire dicen algunos, así uno puede echarle una sopladita y fuego se enfurece, arde más fuerte y castiga al carbón con violencia. Mis manos por lo general negras, llenas de carbón, y así todo sucio me limpio la cara, agarro el vaso también y todos de a poco van elevando la voz, se van riendo más fuerte, empezamos de a poco a sentirnos felices, a disfrutar plenamente de nuestras costumbres. Pueden también abrirse los vinos, alguno que trajo fernet, y la cosa sigue. Las brasas están listas, las muevo un poquito por toda la parrilla de manera uniforme, que quede todo listo para recibir nuestro orgullo nacional: arrancan las achuras, chorizo, chinchulín, la morcilla la dejamos para más tarde. Aparece con elegancia un gran trozo de vacío, y otro de asado. No pueden esperar más para sentir el ardor de los hierros calientes, para cocinarse suavemente, para satisfacer los estómagos y sobre todo las almas de los comensales, que por un largo rato olvidan la excusa, olvidan para qué se juntaron y se entregan de lleno a beber y reír, a ser lo que corresponde ser en aquella ciudad. Cuando las carnes comienzan a estar a punto, ya todos se encuentran en la mesa, el tiempo previo fue suficiente y el hambre se deja sentir. Llega entonces en una bandeja el alimento, la carne, la mejor del mundo, el orgullo vacuno y patagónico que pasta con paciencia en las llanuras argentinas. Entonces todos comen, y siguen bebiendo, y siguen riendo. Las voces cada vez más fuerte, alguno que no quiere morcilla, otro evita el chorizo o el chinchulín, pero estamos de acuerdo todos en que el vacío y el asado formarán parte del plato principal, y todos celebran la posibilidad de comerlo, y aplauden con fuerza al asador, al trabajador que estuvo a disposición y entregó algunas risas a cambio de exigencias domingueras. Tal vez se deba en parte a que a los asadores nos gusta contemplar el fuego, nos gusta conectarnos con las brasas e interpretarlas, porque así es la naturaleza, algunas especies o elementos llegaron para ser controladas por el ser humano, y otras para ser interpretadas e intervenidas. El fuego siempre será rebelde y siempre estaré ahí para observarlo, para ver por dónde va y qué necesita, y donde le falta, para unirme con él suavemente. Todos están satisfechos, todo está sucio también, pero algunos toman la responsabilidad de limpiar, de dejar la mesa en condiciones nuevamente, porque llegará de nuevo la bebida, y porque si nos organizamos, aunque no seamos cuatro ni seis, nos armamos un partido de truco, nos desafiamos con ternura y carcajadas, con soberbia permitida, y así jugamos y así la tarde transcurre, y de a poco el sol se esconde y recordamos que es domingo, y que los domingos cuando el sol se esconde, la excusa se termina. Es hora de volver a casa.

  • Esto que yo hago, ¿Está bien o está mal? – Preguntó sumido en el desconcierto el Hombre Ordinario.
  • No lo sé. – Respondió con serena expresión y su reconocida imperturbabilidad el Hombre Inteligible, quien en prudencia iguala al terriblísimo Zeus Crónida.
  • ¿Y qué debo hacer si ni siquiera vos lográs emitir un juicio, con tu excelentísima sensatez?
  • Seguir adelante, hijo mío. – Replicó colocando una mano sobre la espalda retraída de su discípulo, exhibiendo sin pudor por primera vez un gesto de empatía y honesto cariño.
  • Gracias amigo.
  • Es una osadía de tu parte llamarme amigo. – Dijo finalmente con una sutil sonrisa el Hombre Inteligible, quien se complace en aconsejar a los mortales, y se esfumó.

Nono, quedate tranqui, no te muevas, dejá, en serio. Paso un segundito por acá nomás. Te juro que es un segundito, ya me voy. No te hagas problema, en serio, no hay historia. Es un segundito, te juro. No quiero molestar, paso por acá nomás y ya me voy, ya me voy, es un segundo, ¡Pero un segundo de verdad eh!, listo listo, ni te muevas, ya me voy, quedate tranqui, ya me voy…

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