Cuando dejé la casa donde me crié y la contemplé por última vez, noté que una especie de ola sin color la atrapaba. La observé con detenimiento y distinguí que conservaba los rasgos y volúmenes que la han caracterizado toda la vida. La única diferencia visible era muy particular, ahora la casa completa carecía de color. Las rejas eran negras, las paredes blancas y las puertas grises. La sorpresa no logró conmoverme lo suficiente, y como poco podía hacer, agarré mis cosas y me fui.

Algo similar aconteció cuando finalicé mis estudios. Mientras festejaba junto a mi familia, y mis amigos me lanzaban huevos brutalmente, en principio dudé de que su amistad fuese honesta, y por otro lado pude ver cómo la edificación que alberga la universidad era atacada por esa sombra enigmática. Cada cierto tiempo paso por la Avenida Lugones y controlo con curiosidad la tonalidad de la maravillosa Ciudad Universitaria. Nada ha cambiado desde aquel día, y como ocurre hace años, conserva matices únicamente blancos y negros.

Este insólito hecho se reprodujo hace unos meses cuando dejé mi último trabajo. Mientras me despedía de mis compañeros, ellos mismos iban perdiendo el color junto con la oficina. Tomé el ascensor y saludé vecinos de otros pisos que se desaturaban frente a mi. Una vez en la calle, la torre completa se presentaba inmediatamente ante mis ojos en una triste escala de grises.

Lo preocupante de esta historia es lo que sucedió hoy. Me encontraba caminando por la calle y esa extraña sombra me acompañaba tiñendo absolutamente todo a mi alrededor. Llegué a mi departamento y lo encontré enteramente blanco y negro. Supe que tenía que marcharme. Todavía no logro descubrir a dónde. Será cuestión de agarrar mis cosas e irme.

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