La madrugada asiste pacientemente a esta escena ficticia (pero no por eso menos valiosa), y arroja un manto de sombra sobre las calles de Buenos Aires. Como es de esperarse, pocos sonidos pueden percibirse. Tal vez provengan de algún grillo nocturno o quizá de unos autos solitarios que buscan consuelo. En esta ínfima lista imaginaria podríamos colocar el sonido suave y rítmico proveniente de los austeros pasos de Attilio Olivetti, el extraordinario escritor de tangos de aquella ciudad.

Como es su costumbre, camina en la noche fumando tabaco, acercándose una vez más a sí mismo, a su mejor tango, a su abstracto ideal del arte y de la vida. Reflexiona mientras el humo con propiedades cancerígenas penetra sus pulmones. En esta ocasión, distancia el cigarrillo de su rostro y lo observa celosamente. Qué extraño resulta necesitar aquel instrumento para matarse lentamente, y piensa de paso que lo mismo podría suceder en forma inversa.

Sospecha el escritor la posibilidad de que el cigarrillo lo necesite más todavía. Lo necesita para ser, para existir, para poder ejecutar su esencia a través de sus manos, de sus pitidos y sus pulmones. En definitiva no sería nada en sí mismo, no sería nada sin mí, no sería ni siquiera una cosa. Yo, medita Attilio, le doy vida a un instrumento que se lleva la mía.

Tras caminar un rato en la noche, en sus cavilaciones, en la estructura de su mente encuentra una sonrisa. Y si el cigarrillo fuera realmente el sujeto en un mundo de tabaco enrollado y me hiciera existir a mí, y yo simplemente fuese un instrumento que sólo puede ejecutar su esencia a través del fumar. Ríe divertido, dobla la esquina junto a una estela de humo que tarda en girar con él, y se pierde definitivamente en la noche de la grandísima ciudad de Buenos Aires.

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