Aquel día me encontré con la muerte. La vi pasar con una sonrisa y me acerqué a ella. Sin temores la arrinconé. La tomé por la camisa y noté que reía. Le pregunté cuánto valía mi vida, decime, decime cuánto vale. Quiero saber. Y ella nada decía. Empecé por sacudirla más fuerte y zamarrearla con violencia. Decime cuánto vale, y cuánto vale la de aquel, y la del más grande, y la del más chico, la del rico, y la del pobre también. Cuánto vale la de quien vive sumido en la miseria, la de quien se parte el alma diariamente en el anonimato, quien descansa en su yate con el dinero ajeno, quien en un cerro se ha encontrado consigo mismo, quien ha entregado su espíritu a la veneración del más allá. No hubo respuesta y su sonrisa se pronunciaba sin hacer ningún tipo de esfuerzo. Empecé a enloquecer, de pronto a golpearla, y su nariz sangraba, se deformaba. Por qué, por qué tendrá que ser así, y mi vida pierde valor, se conserva en la pérdida, y el tiempo ya es pasado, y mi amor ya no existe, pero vos por acá paseando y riendo, decime cuánto vale, dije finalmente con una completa impotencia. Ella no podía ocultar las carcajadas y me sujetó por los hombros mientras yo me desvanecía. Se apartó con dulzura y la escuché reírse una vez más mientras seguía su camino.

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