Un hombre se encuentra sentado en un patio. Es de noche y puede observar con detenimiento la vegetación que se presenta a su alrededor y algunos artefactos de iluminación que proyectan una claridad insuficiente.

No sabe cómo ni por qué llegó a ese lugar. No recuerda a quien le pertenece, no está seguro de que aquella realidad sea auténtica, y ni siquiera es capaz de distinguir si está soñando.

En una mesa encuentra un tablero de ajedrez y algo muy diminuto se conmueve dentro de él. Sujeta unas piezas con sus entumecidas manos y con cierto esfuerzo logra detectar que sus extremidades responden a las órdenes emitidas desde su cerebro.

Su corazón se agita y pronto reduce su vértigo. No está seguro si tiene razones para sentir miedo o si las tiene para destinar a otro propósito. Busca la calma y piensa.

Comienza a invadir su cuerpo una textura rugosa de color anaranjado más bien oscuro y opaco. Reflexionando descubre la posibilidad de que aquella aparición singular sea óxido. Se recuesta incrédulo e intenta despertar pero no es posible. El hombre entiende que efectivamente se está oxidando. Tal vez sea su talento reclamando ser utilizado. Quizá su capacidad de asombro perdida en años olvidados le esté pasando factura.

Ninguna respuesta tiene lógica, como tampoco la tiene aquella situación dentro de una realidad que es incapaz de percibir lógicamente. Mientras tanto, la textura anaranjada avanza lentamente por el resto de su cuerpo.

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