Por primera vez el sol se asomó algo incómodo. Avergonzado de su propia naturaleza, buscó con torpeza ocultar sus viejos rayos. No quiso ser el responsable de evidenciar el vacío.

Por primera vez la jauría amaneció desorientada. Esta mañana su líder se permitió faltar al banquete y decidió tomarse una licencia, la primera en toda su vida.

Por su parte, la casa siente miedo; y también esto sucede por primera vez. La descubrí incrédula buscando la apuesta figura de su guardián. Lo hacía con nerviosismo revolviendo sus propios rincones.

Confundido, me dejé llevar por un impulso primitivo. Todavía animoso tomé un viejo palo seco a modo de prueba e improvisadamente comencé a blandirlo con una extraordinaria destreza. La misma que me brindaron los años, la que no me serviría más.

Inmóvil observé a mi alrededor buscando una respuesta, cuidando el más mínimo de mis movimientos para no alterar mi contexto inmediato.

Fue entonces, cuando aguzando el oído a la espera del más elegante de todos los trotes conocidos, encontré lo que buscaba. Un silencio ensordecedor penetró mis tímpanos sin consideración.

Mis manos dejaron caer el palo seco, el cual llegó con fastidio al suelo acompañado por una amable lágrima que tuvo la delicadeza de no dejarlo solo. La prueba había finalizado, y yo ya lo había comprendido. A mi también me sucedía algo por primera vez: Hoy nadie jugará conmigo.

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