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tundrario

mes

septiembre 2016

Cuando dejé la casa donde me crié y la contemplé por última vez, noté que una especie de ola sin color la atrapaba. La observé con detenimiento y distinguí que conservaba los rasgos y volúmenes que la han caracterizado toda la vida. La única diferencia visible era muy particular, ahora la casa completa carecía de color. Las rejas eran negras, las paredes blancas y las puertas grises. La sorpresa no logró conmoverme lo suficiente, y como poco podía hacer, agarré mis cosas y me fui.

Algo similar aconteció cuando finalicé mis estudios. Mientras festejaba junto a mi familia, y mis amigos me lanzaban huevos brutalmente, en principio dudé de que su amistad fuese honesta, y por otro lado pude ver cómo la edificación que alberga la universidad era atacada por esa sombra enigmática. Cada cierto tiempo paso por la Avenida Lugones y controlo con curiosidad la tonalidad de la maravillosa Ciudad Universitaria. Nada ha cambiado desde aquel día, y como ocurre hace años, conserva matices únicamente blancos y negros.

Este insólito hecho se reprodujo hace unos meses cuando dejé mi último trabajo. Mientras me despedía de mis compañeros, ellos mismos iban perdiendo el color junto con la oficina. Tomé el ascensor y saludé vecinos de otros pisos que se desaturaban frente a mi. Una vez en la calle, la torre completa se presentaba inmediatamente ante mis ojos en una triste escala de grises.

Lo preocupante de esta historia es lo que sucedió hoy. Me encontraba caminando por la calle y esa extraña sombra me acompañaba tiñendo absolutamente todo a mi alrededor. Llegué a mi departamento y lo encontré enteramente blanco y negro. Supe que tenía que marcharme. Todavía no logro descubrir a dónde. Será cuestión de agarrar mis cosas e irme.

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  • Che Dieguito, cambiando un poco de tema, porque viste que conversando con vos uno siempre termina hablando pavadas, me gustaría traer un tema serio a esta penosa mesa.
  • A ver.
  • ¿Vos creés en el amor?
  • Mira lo que me preguntas. Obvio que creo en el amor.
  • Pero digo en ese amor ponele, que te vuelve loco, que te arrebata, que te agarra de las patas y te da vuelta. Así completamente dado vuelta, que se te cae la plata. Obvio primero imaginate que tenés plata, eso si que existe y está comprobado.
  • Si, creo en eso. Lo de las patas y todas esas boludeces que dijiste.
  • ¿Te pasó?
  • ¿Enamorarme o tener plata?
  • Las dos.
  • Tener plata jamás, pero el tema es que ya no creo que me pase nunca. Enamorarme si, hace ya como seis años que estoy con Laura.
  • Dale, dejate de joder. Si lo único que decís es que cada vez se pone más gorda y que no la querés tocar más de una vez por semana, y encima hacés el esfuerzo.
  • Bueno, es cierto, pero en un principio me agarró así de las patas como decís vos.
  • ¿Y después?
  • Y después nada, que se yo, la vida es así, uno se acostumbra y pasa el tiempo.
  • Pero el tema es que yo no quiero eso, ¿entendés? No quiero acostumbrarme a nada y tener que bancármelo por un preconcepto social.
  • Uh, cagamos. No me vengas con las conspiraciones porque se me agota la mente.
  • No es una conspiración, gil, digo que es un embole tener que bancarte a una mina por el hecho de que algún ser superior nos dice que tiene que ser así. Además, volviendo un poco al eje principal de lo que venimos hablando, tampoco me pasó en un principio que alguien me agarre de las patas y me de vuelta. Plata sí, siempre tuve, viste como soy.
  • Bueno mira, Andrés se la pasa diciendo que está de novio hace cinco años pero que jamás se enamoró de la mina, y que la relación se construye, que se yo, algunos se enamoran y otros no.
  • Eso pienso a veces y es bastante feo. Cuando dicen si el amor existe o no, si nos va a llegar o no, como si solamente por existir le tiene que tocar a todos, o no existe y no le toca a nadie. Sabés que creo yo, que no le toca a todos, que existe obvio, pero que es muy hijo de puta.

Todo junto. Todo junto metelo en la procesadora. Mandalo, si total es parte de lo mismo. Lo más viejo se fundirá con lo más nuevo y al revés. Teneme fe. Mandalo todo junto y de a poco lo vas viendo. Total tenés tiempo… o no tanto. Pero tenés en general. Procesalo, nutrite, permitilo. ¡Incluí esto también! Que no quede afuera, que también es parte, es parte de vos. No tengas miedo, procesalo en tu cabeza y en la procesadora, claro. Revolvelo todo, bien revuelto, el tiempo dirá lo que tenga que decir.

Al caminar por la ciudad uno puede encontrarse con diversos escritos en los murales. Uno que llama mi atención es el que he visto en repetidas ocasiones y dice: “Más amor por favor”.

¿A qué se refiere quien escribe esto? Digamos en un principio que este “pedido” no genera amor, sino contrariamente, lo exige. Es decir, quien lo escribe, considera que en su vida hace falta amor, pero en lugar de generarlo, se lo reclama a un tercero. Un claro ejemplo de lo que sucede cuando uno mira a los demás antes de mirarse a sí mismo.

Siendo más específicos, la presencia de ese pedido o exigencia se convierte inmediatamente en un juicio que hace quien pregona el amor. Todos sabemos que las acciones bienintencionadas hacia otras personas, generan otras del mismo tipo hacia nosotros. Lo único que necesitamos es el primer valiente que se encargue del puntapié inicial, y que el “ciclo amoroso” comience a girar. Entonces, en los escritos de las calles ¿No debería generarse el amor en lugar de exigirlo?

Considero que quien lo lee se siente juzgado inmediatamente, y el resultado de aquel escrito es completamente contrario. ¿Cómo debería entonces pregonarse el amor en un mural?. Obviamente no tengo la respuesta, pero sospecho que podría ser a través del amor en sí mismo, un acto desinteresado y cargado de energía puramente benigna. Podría ser tal vez un “buen día”, quizá acompañado de una cara sonriente, tal vez un dibujo, tal vez a través del propio arte.

¿De qué sirven las palabras si uno no da el ejemplo? Absolutamente de nada.

Buen día 🙂

La madrugada asiste pacientemente a esta escena ficticia (pero no por eso menos valiosa), y arroja un manto de sombra sobre las calles de Buenos Aires. Como es de esperarse, pocos sonidos pueden percibirse. Tal vez provengan de algún grillo nocturno o quizá de unos autos solitarios que buscan consuelo. En esta ínfima lista imaginaria podríamos colocar el sonido suave y rítmico proveniente de los austeros pasos de Attilio Olivetti, el extraordinario escritor de tangos de aquella ciudad.

Como es su costumbre, camina en la noche fumando tabaco, acercándose una vez más a sí mismo, a su mejor tango, a su abstracto ideal del arte y de la vida. Reflexiona mientras el humo con propiedades cancerígenas penetra sus pulmones. En esta ocasión, distancia el cigarrillo de su rostro y lo observa celosamente. Qué extraño resulta necesitar aquel instrumento para matarse lentamente, y piensa de paso que lo mismo podría suceder en forma inversa.

Sospecha el escritor la posibilidad de que el cigarrillo lo necesite más todavía. Lo necesita para ser, para existir, para poder ejecutar su esencia a través de sus manos, de sus pitidos y sus pulmones. En definitiva no sería nada en sí mismo, no sería nada sin mí, no sería ni siquiera una cosa. Yo, medita Attilio, le doy vida a un instrumento que se lleva la mía.

Tras caminar un rato en la noche, en sus cavilaciones, en la estructura de su mente encuentra una sonrisa. Y si el cigarrillo fuera realmente el sujeto en un mundo de tabaco enrollado y me hiciera existir a mí, y yo simplemente fuese un instrumento que sólo puede ejecutar su esencia a través del fumar. Ríe divertido, dobla la esquina junto a una estela de humo que tarda en girar con él, y se pierde definitivamente en la noche de la grandísima ciudad de Buenos Aires.

Aquel día me encontré con la muerte. La vi pasar con una sonrisa y me acerqué a ella. Sin temores la arrinconé. La tomé por la camisa y noté que reía. Le pregunté cuánto valía mi vida, decime, decime cuánto vale. Quiero saber. Y ella nada decía. Empecé por sacudirla más fuerte y zamarrearla con violencia. Decime cuánto vale, y cuánto vale la de aquel, y la del más grande, y la del más chico, la del rico, y la del pobre también. Cuánto vale la de quien vive sumido en la miseria, la de quien se parte el alma diariamente en el anonimato, quien descansa en su yate con el dinero ajeno, quien en un cerro se ha encontrado consigo mismo, quien ha entregado su espíritu a la veneración del más allá. No hubo respuesta y su sonrisa se pronunciaba sin hacer ningún tipo de esfuerzo. Empecé a enloquecer, de pronto a golpearla, y su nariz sangraba, se deformaba. Por qué, por qué tendrá que ser así, y mi vida pierde valor, se conserva en la pérdida, y el tiempo ya es pasado, y mi amor ya no existe, pero vos por acá paseando y riendo, decime cuánto vale, dije finalmente con una completa impotencia. Ella no podía ocultar las carcajadas y me sujetó por los hombros mientras yo me desvanecía. Se apartó con dulzura y la escuché reírse una vez más mientras seguía su camino.

Un hombre se encuentra sentado en un patio. Es de noche y puede observar con detenimiento la vegetación que se presenta a su alrededor y algunos artefactos de iluminación que proyectan una claridad insuficiente.

No sabe cómo ni por qué llegó a ese lugar. No recuerda a quien le pertenece, no está seguro de que aquella realidad sea auténtica, y ni siquiera es capaz de distinguir si está soñando.

En una mesa encuentra un tablero de ajedrez y algo muy diminuto se conmueve dentro de él. Sujeta unas piezas con sus entumecidas manos y con cierto esfuerzo logra detectar que sus extremidades responden a las órdenes emitidas desde su cerebro.

Su corazón se agita y pronto reduce su vértigo. No está seguro si tiene razones para sentir miedo o si las tiene para destinar a otro propósito. Busca la calma y piensa.

Comienza a invadir su cuerpo una textura rugosa de color anaranjado más bien oscuro y opaco. Reflexionando descubre la posibilidad de que aquella aparición singular sea óxido. Se recuesta incrédulo e intenta despertar pero no es posible. El hombre entiende que efectivamente se está oxidando. Tal vez sea su talento reclamando ser utilizado. Quizá su capacidad de asombro perdida en años olvidados le esté pasando factura.

Ninguna respuesta tiene lógica, como tampoco la tiene aquella situación dentro de una realidad que es incapaz de percibir lógicamente. Mientras tanto, la textura anaranjada avanza lentamente por el resto de su cuerpo.

Otra de Cusco, otra en la noche, otra como símbolo de mis cavilaciones y la observación de cada monumento, de cada roca y pensar en sus años, en la Roma de América y en el profundo respeto al pueblo Inca.

Curiosos los objetos que me encontré en el Mercado de San Pedro, en Cusco. No se bien cuál será el significado original de dichas figuras, pero como símbolo de disculpas por mi ignorancia, y de respeto a la cultura de nuestros hermanos peruanos, me llevé uno.

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