Un hombre le comenta a otro su actual estado de felicidad y le indica el camino que ha recorrido y que todos deberían recorrer para conseguirla. En principio habla sobre un estado de paz logrado a partir de un disciplinado entrenamiento mental al que se ha sometido. Por otro lado, manifiesta ideas sobre profundos pensamientos y principalmente concentra su diálogo en el trabajo de una correcta motivación como motor principal de cada una de sus acciones. Le explica detenidamente que uno podría alcanzar una armonía definitiva si nuestras actividades tuviesen un origen bienintencionado.

Se toma el atrevimiento de juzgar al otro hombre por su carencia de pasiones e indaga sobre su situación personal. Se ensimisma en su tarea aparentemente pedagógica y busca las palabras adecuadas para estimular a quien lo escucha.

El otro hombre, que no consideraba mayores problemáticas en su naturaleza, no había reflexionado en ciertos puntos críticos que acababan de ser expuestos y que al parecer tienen mucho sentido. Las verdades que recibe en esa conversación lo excitan y lo incentivan a comprender aquella nueva y compleja teoría sobre una felicidad que resulta algo confusa pero extraordinaria.

Quien funciona como emisor, acaba con su diálogo e inmediatamente se siente pleno. No está seguro si aquella sensación se origina en la posibilidad de mejorar la calidad de vida de su interlocutor o en su maravillosa dialéctica que concluye en la exhibición de una gran capacidad intelectual. Finalmente, el hombre que oye los comentarios permanece en silencio y percibe que sus entrañas se retuercen a causa de la más intensa infelicidad.

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