Una de las anécdotas que más recuerdo de mi visita a Santiago de Chile tiene que ver con una situación donde el uso del lenguaje quedó notoriamente expuesto como expresión cultural.

Para mi sorpresa, muchos chilenos me preguntaban con curiosidad sobre la forma de vivir el fútbol de los argentinos. Sinceramente yo creía que no había grandes diferencias pero luego de desarrollar un poco el tema les explicaba que en Argentina el fútbol no es sencillamente un deporte, sino que seguir a un equipo representa de alguna manera compartir una pasión con la familia, con tu propio padre, algo que normalmente logra emocionar hasta las lágrimas de solo pensarlo.

Mientras se desarrollaba la conversación llegó finalmente la pregunta que escucharía muchas veces y que retumbó en mis oídos: “¿Qué equipo de fútbol te gusta?”

Me resultó imposible comprenderlo en principio y consulté qué significado tenía la pregunta. Me explicaron a continuación que sencillamente les interesaba saber qué equipo me gustaba de Argentina, si era Boca, si era River, con cual me identificaba.

Todo se aclaró entonces en mi mente y la curiosidad que ellos expresaban tuvo el mayor de los sentidos. La palabra “gustar” me pareció terriblemente suave y aquí es donde el uso del lenguaje se vuelve determinante y logra ilustrar una cultura por completo. Les comenté que en Argentina no nos “gustan”, sino que “somos” de los equipos.

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