En un viejo galpón secreto ubicado en una calle poco transitada del barrio limeño de Miraflores, se reúnen todos los años las musas inspiradoras de las artes. Por un lado, suelen concurrir los históricos conceptos o síntomas recurrentes y por otro las nuevas ideas. Lo más habitual en este tipo de tertulia es la conversación sobre las nuevas obras creadas por los seres humanos que básicamente se inspiran en estos místicos personajes. Bien sabemos que a lo largo de la historia, las musas inspiradoras de las artes siempre fueron las mismas.

La última reunión se organizó como de costumbre. El sector dispuesto para los conceptos estaba en el centro. Se trata de una mesa redonda de madera repleta de detalles grabados por antiguos escultores renacentistas, más conocida como la “Mesa de la antigüedad” o “Mesa conceptual”. Los organizadores la guardan pacientemente cada año y cuando se acerca la fecha señalada suelen pulirla hasta dejarla reluciente.

El resto del salón estaba ocupado por tablones sostenidos con elementos más tradicionales y banquetas destinados a las nuevas ideas. Estas iban creciendo en número año a año y utilizaban aquella maravillosa ocasión para presentarse y cultivar sus pensamientos. Muchas de ellas sentían una gran emoción por conocer a los históricos conceptos inspiradores.

Pronto las ideas comenzaron a ocupar su lugar correspondiente y conversaban sobre las distintas obras artísticas consumidas últimamente. Bebían cerveza y se reían al encontrar un sinfín de expresiones vulgares que se esforzaban buscando nuevos acordes o palabras para decir exactamente lo mismo. Hablaban de todo tipo de arte y relacionaban nuevos estilos musicales con antiguos libros o películas.

Un silencio abrumador se apoderó del salón. Había llegado el primero de los conceptos a ocupar su histórico lugar en la Mesa de la antigüedad. Se trataba de la Soledad. Iba vestida con un atuendo desgastado y gris. Se presentó haciendo honor a su significado, se sentó rápidamente y comenzó a beber un poco de whisky con un gesto vacío, ignorando completamente su alrededor. Las ideas se hallaban algo excitadas ante aquella presencia pero se limitaban sencillamente a observarla.

No se demoraron en llegar la Vida y la Felicidad. Ambas celebridades llegaron al mismo tiempo y saludaron animosamente al resto de los invitados. Pronto pidieron whisky para hacerle compañía a la Soledad. Una vez instaladas, comenzaron también a conversar sobre algunas obras artísticas que hablaban de ellas de las formas más diversas. La Vida y la Felicidad comenzaron también a competir cuantificando el total de obras que habían inspirado ese año. Curiosamente la Soledad humillaba a aquellos dos conceptos en número si hubiese querido participar de aquella competencia, pero no le importaba en lo más mínimo y permanecía en silencio.

Más tarde llegaron juntos el Universo y la Tristeza. El Universo se presentó como todos los años con gafas oscuras, conservando un profundo misterio que ningún otro personaje presente podría llevar con dignidad. Nadie conocía sus ojos y algunos se animaban a comentar que en realidad no los tenía. La Tristeza se sentó junto a la Soledad, sin decir absolutamente nada la saludó e inmediatamente pidió su whisky para beberlo en silencio.

Las horas pasaban e iban llegando nuevas ideas. Algunas sentían celos de otras que eran más abarcativas, o de las que eran muy parecidas. La mayoría de ellas, en definitiva, estaban ligadas con alguno de los conceptos centrales de la reunión. Esto generaba que cada una sienta alguna admiración por algún personaje en particular. Todos observaban la mesa de la antigüedad siendo plenamente conscientes de que los invitados más importantes todavía no habían llegado.

Entonces de la mano llegaron el Amor y la Muerte. El Amor iba vestido de gala, y usando un traje de la medida justa. Se lo notaba inmaculado como todos los años. Por su lado, la Muerte llevaba un vestido negro y su sombría belleza generaba un hipnotismo realmente único en todos los invitados. Juntos se sentaron en la mesa conceptual y conversaron con los otros integrantes.

La Muerte llevaba siempre una media sonrisa fulminante. Cada vez que la Vida hablaba, se sentía intimidada por aquel gesto perturbador. Por su parte, el Amor se sabía el más atractivo de la fiesta y como lo hacía desde el siglo XVII, intentaba impresionar a la Soledad con algún nuevo artilugio. La Felicidad estaba completamente ebria y abrazaba fuertemente al resto de los conceptos. La Tristeza observaba con nostalgia a su alrededor sin energías. Finalmente, el Universo perseveraba inmóvil con sus misteriosas gafas oscuras.

Así continuó la noche. Unos reían, otros lloraban, se escuchaba la música a un volumen muy alto. Tantas ideas y conceptos distintos terminaron coincidiendo en un punto: estaban todos completamente ebrios sin pensar en lo que sucedería el año siguiente. Tampoco eran conscientes de la cantidad de seres humanos que estarían pensando en ellos sensiblemente y tal vez sumidos en la más profunda inspiración creando alguna obra maestra del arte.

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