Una novela va por la calle y se la nota orgullosa. Es una hermosa novela y con un aire sobrador demuestra saberlo. Se cruza casualmente con un cuento que la mira espantado. El cuento le dice algunas groserías, le dice sin ningún tipo de respeto que ya está vieja y muy estirada, que es lo que es gracias a él, y que quisiera ser cuento, pero claro, tiene intereses tan inmorales que ni siquiera se atreve a mencionarlos.

El cuento sigue su rumbo feliz porque cree que ha salido triunfante de aquel pleito (que en realidad no lo fue) y que ahora la novela pensará en él con mucho desprecio y, si tiene suerte, con algo de envidia. En la continuación de la caminata se cruza a su vez con un relato. El relato lo acusa al cuento de intolerante y de cometer los mismos crímenes artísticos que utiliza para juzgar a la novela; y reanuda su marcha.

El relato camina tranquilo luego de dejar en claro su postura y la tarde calurosa parece darle una gentil bienvenida. Se encuentra a su vez con una idea. Ésta le enrostra con palabras exactamente lo mismo. Lo denuncia y le atribuye actos poco éticos, como lo son vivir de su concepto, de ser una vil copia de su esencia, de no merecer tales reconocimientos. Una vez finalizada la denuncia, prosigue su paso.

La idea continúa su marcha y parece sentirse plena. Halla en sí misma la última verdad de todas, hasta que sin sospecharlo tropieza con una palabra. La palabra exhibe su rencor y expresa como puede su fastidio, es el último y real eslabón de todos, en ella todo podría desarrollarse sin recurrir a baratijas ni desperdicios.

La palabra camina y nota que está tan vieja y desgastada que ya le cuesta dar una imagen clara de su significado puro. Es entonces cuando ve pasar a una novela y observa en ella sus detalles. Le pide que la sujete bien fuerte y que se desarrolle lentamente con el tiempo que necesite, que ejecute su arte a placer, para poder así comunicar con finos matices su más profunda esencia, la que ya no es capaz de trasmitir.

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