El escritor de tangos Attilio Olivetti se encontró repentinamente con una revelación o una especie de verdad absoluta que precisaba compartir inmediatamente.

Salió a la calle y detuvo a un hombre para comentarle esa valiosa manifestación. En el momento en que estaba por abrir su boca, el hombre comenzó a hablar y no le dio a Attilio Olivetti el espacio temporal de silencio necesario para expresarse. El escritor de tangos se enfureció y lo apartó con un movimiento brusco. Rápidamente reanudó la búsqueda de otro individuo que funcionara únicamente como receptor de su mensaje.

En la calle siguiente detuvo a una anciana, y en el mismo momento en que sus manos sujetaban los hombros de la señora, fue ella quien comenzó a hablar. El rostro del sensible poeta porteño comenzó a desfigurarse. Desesperado soltó a la anciana y comenzó a correr velozmente sin rumbo.

Entró en un café casi vacío y se acercó al mesero. Quiso decirle lo que necesitaba decir pero otra vez fue imposible. El empleado hizo lo propio y abordó diversos temas observando fijamente a Attilio Olivetti.

El regreso a su hogar resultó confuso y repleto de frustración. El escritor de tangos comprendió que nadie tenía interés en su mensaje, al margen de lo trascendental que podría ser. Una vez que pudo recostarse, intentó recordar lo que esas extrañas personas le habían dicho, pero no lo logró.

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