A veces llueve, otras sale el sol, también puede ser de día o de noche, la cuestión es que ahí me puedo encontrar leyendo. Leyendo algún libro, el diario, lo que tenga a mano, casi como un mandato (tal vez sea un mandato) al cual dedico gran parte de mi tiempo. También puedo observarme leyendo en forma externa, como si mi ser estuviese por momentos por fuera de mi, observando desde una platea más alta, donde se uno se puede sentar tranquilo y comer nachos con queso. También pienso a veces que ese ser ajeno es el del indagador, el que necesita de esa mirada desconocida para poder interpretar la realidad, el que de a poco se ha ido apartando de su cuerpo, y cuando se enfrenta con alguna conversación, con algún contacto humano, no hace más que observar ese momento desde afuera, desde su ajeno, para poder analizar la situación, y por lo general sentir lástima por su interlocutor y por él mismo. Eso me pasa mucho, y entonces mi ajeno me habla y me dice, y veo mi cuerpo leyendo, y veo mi antiguo ser buscando acercarse a mi ajeno que está muy lejos. Por momentos me gustaría unirme, y hablo en primera persona sin dejar en claro de quién hablo, si soy yo o mi ajeno, si mi cuerpo o mi alma, que hace tantos años se han disgregado. Algunos días me gustaría dejarme caer de espaldas y que mi ajeno me atrape y me eleve con él y juntos nos elevemos a esa platea alta, y comamos nachos con queso y observemos todo fundidos en un abrazo, pero sin sentir lástima por nadie, y que al fin nosotros, seamos solamente yo.

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