En la ciudad de Rovaniemi, más precisamente en la provincia finlandesa de Laponia, es sabido que un día se presentó misteriosamente un ser aparentemente humano con algunas particularidades. Antes de hacer referencia en los detalles físicos que lo diferenciaban del resto, cabe aclarar que su aparición es un enigma que aún hoy genera cierta controversia en los fríos bares y cafés de la península escandinava.

Este individuo en principio era hermafrodita y podría por consiguiente generar la atracción tanto de hombres como de mujeres. En segundo lugar, no tenía unos ojos idénticos al resto de nuestra raza, sino que todo su globo ocular era una especie de esfera espejada. Cuando una persona se dirigía a este ser apodado como el “Ángel de Rovaniemi” solo podía observar su propio rostro, algo que despertaba cierta incomodidad en algunas personas y afinidad en otras. Finalmente, aquel enigmático espécimen no hablaba, de manera que resultaba imposible hallar algún tipo de explicación en referencia a su origen.

El Ángel de Rovaniemi se paseaba por las calles de aquella ciudad en silencio reflejando la mirada de sus habitantes, la cual por lo general lograba exhibir sus virtudes y defectos. La presencia de semejante personaje no podía pasar desapercibida y es por esta razón que los sombríos y atareados psicólogos de la región estudiaron profundamente la repercusión del caso.

El ángel tenía otro rasgo característico que excede a cualquier tecnicismo físico. Su actitud secreta y pasiva, sumada a su hermafroditismo, atraía particularmente a los hombres y mujeres más vanidosos de la ciudad. Estas personas podían entablar una conversación con el ángel que se reducía básicamente a un monólogo personal y por otro lado, podían verse a sí mismos mientras lo hacían.

La situación generó un trastorno emocional y mental en gran parte de la sociedad finlandesa. Los individuos más vanidosos que difícilmente encontraban una pareja acorde a su idealización, se hallaban ahora sumidos al amor no correspondido de un ser amado por otros, lo que terminaba de causar una sensación contraria. Ahora el ego, y en consecuencia, su valorización personal, estaba equilibrada con muchas personas. Su autoestima y su soberbia se transformaban en angustia, más aún al ser conscientes de su patético amor por el extraño Ángel de Rovaniemi.

La ciudad ahora se encontraba más sombría que de costumbre. Llegaba lentamente la temporada invernal, el lapso de incidencia de luz solar en la región de Laponia no alcanzaba las tres horas, y la tasa de suicidios aumentó significativamente. En la antigüedad ilustraban esta estadística los habitantes enfermos y depresivos, ahora además se añadían los del más alto autoestima que eran hipnotizados por el encanto del ángel.

La justicia estatal decidió intervenir en la situación de la ciudad y tras un largo estudio se identificó al Ángel de Rovaniemi como un ser vivo no humano, con lo cual, no hubo problemas para ordenar su ejecución y finalizar con aquel escándalo. Hoy en día, los vecinos recuerdan el caminar del ángel con esa imagen paciente que causaba amor y miedo al mismo tiempo, dependiendo de cuánto uno amaba o temía a esos ojos que solo mostraban los propios.

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