Ella me decía con una voz suave que era sábado por la noche. Yo le dije desde mi búnker que quería quedarme en la cama y que se vaya, que no quería saber absolutamente nada de nadie. Me atemorizaba ver la felicidad plasmada en un rostro que no podía ser el mío. Ella me destapó, y me dijo con una voz suave que no hay que temerle a nada en la vida, y que era sábado por la noche.

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