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tundrario

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agosto 2016

  • Es bueno volver a verte. – Comentó honestamente el hombre ordinario.
  • Buenas tardes, ¿Qué te aqueja esta vez? – Respondió secamente el hombre inteligible.
  • Es que, siento algo aquí dentro. Una especie de sed. Deseo el éxito.
  • ¿Y cómo crees, acaso, que conseguirás el éxito?
  • Quiero tal vez el reconocimiento, sí, eso mismo, que todos me reconozcan y me amen.
  • Te equivocas, hijo mío, si crees encontrar la paz en el amor ajeno. Aquella paz que mal nombras como éxito, solo la encontrarás en tu propio reconocimiento, cuando seas capaz de amarte a ti mismo.
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No es poco habitual referirse al eterno debate que trata sobre la explicación más radical de la presencia como un fin natural del arte en nuestra historia.

Con intenciones de reabrir dicha controversia, Hugo Fontaine, el célebre periodista francés se dirigió al corazón de Buenos Aires con la intención de completar otro trabajo para la revista “Exprimant”, y más precisamente por la calle Arenales se encontró con una señorita que declaró lo siguiente:

“Para mi el arte es cuando a alguien le pasa algo tan profundo y lindo que como que te lo quiere dar a vos para que te pase lo mismo”.

Esas noches en tus brazos, esas noches bajo las sábanas con tu cuerpo desnudo, tu dormitorio, tus cosas, algo de jazz sonando, tu mundo. Siempre supe que no te merecía, que eras demasiado, y disfrutaba y gozaba de cada momento, de tu risa que sabía que pronto dejaría ver, de tus abrazos que recibía con alegría y sensación de tiempo, de pasado, de nostalgia del presente, porque siempre supe, Lizette, que no ibas a ser mía por mucho tiempo. Me gustaba verte cocinar para mi, juguetear un poco con tu cintura aunque estemos acompañados y que me lo prohibieras pero con una sonrisa, con una seguridad que buscabas transmitir, que yo nunca creí. Me gustaba todo eso, Lizette. No se si te extraño, pero a veces cuando me atrapa la melancolía te recuerdo, y recuerdo tu cuerpo y tu mundo, ese mundo al que pertenecí y que nunca fue mío, Lizette.

Iglesia de la Compañía de Jesús, Cusco.

Y despacio prendí un fueguito. Un fuego suave para cocinar despacio, viste. Y empecé de a poco tomando una copa de vino. Primero piqué la cebolla, me encanta ese ruidito que hace en el fuego cuando se está cocinando, y me encanta también cocinar a fuego lento. Tener mi espacio, y que las cosas se hagan más lentas, como deben hacerse, como debe suceder todo en la vida. Primero tiré las cebollas. Puse un poco de sal también. Mientras iban liberando ese juguito, decidí también tomar todos mis recuerdos, y tirarlos al fueguito. La cebolla le iba a hacer bien, seguro. Agarré la espátula y revolví un poco la cebolla con los recuerdos y la sal para que tomen sabor. Corté morrón y lo mandé de paso aunque ultimamente está muy caro. Tengo un picador de ajo muy bueno, y como nunca puede faltar el ajo, le eché también un poco. Después agarré todas las cosas que leí y las mandé bien trituradas. Esta parte costó, pero seguro que ayudaría y las revolví y las revolví. Fue tomando sabor, fue tomando forma. No se exactamente cual será el resultado, pero me pareció que de eso se trata un poco todo, bebí un sobro de vino y revolví un poco más.

Un hombre le comenta a otro su actual estado de felicidad y le indica el camino que ha recorrido y que todos deberían recorrer para conseguirla. En principio habla sobre un estado de paz logrado a partir de un disciplinado entrenamiento mental al que se ha sometido. Por otro lado, manifiesta ideas sobre profundos pensamientos y principalmente concentra su diálogo en el trabajo de una correcta motivación como motor principal de cada una de sus acciones. Le explica detenidamente que uno podría alcanzar una armonía definitiva si nuestras actividades tuviesen un origen bienintencionado.

Se toma el atrevimiento de juzgar al otro hombre por su carencia de pasiones e indaga sobre su situación personal. Se ensimisma en su tarea aparentemente pedagógica y busca las palabras adecuadas para estimular a quien lo escucha.

El otro hombre, que no consideraba mayores problemáticas en su naturaleza, no había reflexionado en ciertos puntos críticos que acababan de ser expuestos y que al parecer tienen mucho sentido. Las verdades que recibe en esa conversación lo excitan y lo incentivan a comprender aquella nueva y compleja teoría sobre una felicidad que resulta algo confusa pero extraordinaria.

Quien funciona como emisor, acaba con su diálogo e inmediatamente se siente pleno. No está seguro si aquella sensación se origina en la posibilidad de mejorar la calidad de vida de su interlocutor o en su maravillosa dialéctica que concluye en la exhibición de una gran capacidad intelectual. Finalmente, el hombre que oye los comentarios permanece en silencio y percibe que sus entrañas se retuercen a causa de la más intensa infelicidad.

  • ¿Son acaso, los hombres seres ambiciosos? – Preguntó el hombre ordinario.
  • Efectivamente lo son – Respondió el hombre inteligible.
  • ¿Y qué hay de aquellos que desarrollan desinteresadamente el arte en la pobreza?
  • También lo son, pero no piden dinero, sino tiempo y delirio.
  • ¿Cómo es eso posible?
  • Muchos artistas tienen una profunda conciencia de la muerte, y el mañana puede ser mañana, o pueden ser cincuenta años. La cercanía mental de la defunción los lleva a refugiarse en el arte por fuera de una realidad a veces efímera y vacía.
  • ¿Y existe entonces un hombre sin ambición?
  • Existe también.
  • ¿Y dónde podría encontrarlo?
  • Justo aquí mismo, frente a tus ojos.

Estoy muy preocupado por mi nieto. Está en grave estado y los médicos dicen que puede morir. Me tiene muy mal todo esto. Debo confesar que en realidad estoy mal por mi y no por él. Perdón pero es la verdad. Hace tiempo que anda enfermo y esto de alguna manera se veía venir. Tiene cáncer de pulmón y se agravó mucho. Fumó toda la vida, y bue, era de esperarse. Mi nieto tiene ochenta y dos años, aguantó bastante igual. Tuvo una vida muy buena, no puede quejarse.

Tal vez debería aclarar que yo ya estoy muerto. Me llamo Antonio y nací en mil ochocientos ochenta y cuatro. Acá del otro lado se está muy bien y se come rico además. Antes de venir me dieron a elegir cómo quería venir. Me dijeron que podía conservar lo que tengo adentro de la cabeza pero en cuanto al cuerpo, el que quiera. Elegí el cuerpo de cuando tenía veinticinco años, no sabés como estoy. Tengo los brazos fuertes, ando de acá para allá. La verdad no entiendo a los que eligieron venir como viejos, pero bueno, tema de ellos, cada uno es un mundo.

El problema es que no voy a poder estar acá para siempre. Solamente me dejan hasta morirme de nuevo, y es mi nieto justamente el que me mantiene vivo. Acá tienen todo muy claro y como que controlan el destino, yo ni idea. Mi nieto Guillermo es el único de todo el mundo que se acuerda de mi. Me conoció de chico, él vivía en Mendoza y yo en Tucumán. Todavía se acuerda de aquella vez en la que fuimos a comer a lo de mi yerno. Yo hablé con él y le di unos consejos. Durante su vida parece que me nombró cada tanto y le contó algo a su mujer y a sus hijos. El asunto es que los más chiquitos ni saben mi nombre y su mujer no le dio mucha importancia a la anécdota.

Pronto se irá de aquel mundo, y ya nadie más me nombrará, y en ese entonces, voy a dejar de existir definitivamente. Mi rastro se esfumará por completo. Que se yo, me da un poco de miedo todo esto, pero ahí anda, lo tienen en terapia intensiva. Ojalá que lo que venga esté bueno también. Dicen que uno ya deja de ser uno, ya ni siquiera es un espíritu de quien fue, sino que simplemente te convertís en la nada misma, otros dicen que por ahí te convertís en una persona nueva, pero que ya te olvidás el registro de quien fuiste, qué se yo. Algunos, muy atrevidos, dicen que ¡te podés convertir en cualquier cosa!, mira si soy un pajarito, voy a poder volar aunque el resto de la vida me parece un poco aburrido. Bah, que se yo, ojalá que salga todo bien o que mi nieto me nombre alguna vez más y pueda vivir en el recuerdo de otra persona, pero lo veo difícil.

Cusco de noche.

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