En un restaurant vacío estaba Antoine. Era de noche y la calle quieta. En la barra solamente se encontraba un hombre que podía ser el dueño, o un empleado, quien sabe; sucede que en aquellos sectores olvidados de la ciudad nadie puede reconocerse con facilidad. Ese hombre limpiaba la barra y conservaba en su boca un cigarro. El humo lo ocultaba de cierta forma que resultaba intencional. En la imaginación de Antoine había imágenes. Qué curiosa conexión realizaba su razón al descubrir la similitud entre dichas palabras. De eso se trataba su imaginación en ese momento, de ver imágenes, de sentirlas tan intensamente que era capaz de omitir lo que estaba observando y su fantasía se volvía aún más sensible que su propio sentido de percepción visual. Sus ojos parecían sumirse en un hueco profundo y vacío, negro. El hombre tras la barra continuaba limpiando y fumando; se perdía tras ese humo vulgar y aterrador, que tal vez seducía o estimulaba las imágenes proyectadas por la mente de Antoine. Pudo ver unas cucarachas pasar cerca de su cuerpo y desvió la mirada; pronto se disparó nuevamente el proyector de imágenes mentales. Entonces Antoine también fumaba con calma y dejaba que aquel festín visual se pasease tranquilamente por un desconocido sector interior de sus retinas. Enfrente un vagabundo se acercó a pedir dinero y el hombre de la barra miraba a Antoine, y Antoine al hombre de la barra y al vagabundo. Los tres se encontraron en un restaurant vacío, si puede llamarse así, en las afueras de la ciudad, donde tal vez todos duermen y algunos descansan. Antoine se vio embestido por el erotismo de una escena épica para mentes como la suya, y ahí mismo inmerso en ese fulgor de excitación buscó un papel para escribir, para no dejar que se escape, para volcarlo con ardor en palabras, y explicar de alguna forma lo que sucedía, lo que sus ojos veían por dentro y por fuera, para trasladar sentidos surrealistas a otros que leerán ese papel y extenderán su mano con esperanza, que tal vez se encuentre con la mano de Antoine, o tal vez no, para dejarlo caer, para dejarlo ir por el lado interior de sus retinas, en sus imágenes propias, y no ser capaces de verlas nunca.

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