En un café madrileño, cercano a la Plaza Mayor, se encuentran tres personas. Por un lado, un anciano algo cansado se acomoda con cierta dificultad y dirige su mirada a un hombre sin rostro que se sienta delante de él. Los acompaña una mujer que rechaza el asiento ofrecido por el anciano y elige permanecer de pie.

Es interesante destacar que los tres personajes llevan un reloj. El anciano tiene uno algo gastado, clásico, con unas agujas que indican la hora exacta. El hombre sin rostro lleva en cambio uno mucho más moderno pero que no responde al horario local, sino que indica una especie de cuenta regresiva inexacta. Dicha cuenta aparece representada con letras y ecuaciones de probabilidad que se van restando a un ritmo uniforme y misterioso como su inexistente rostro. La mujer, por su lado, lleva un reloj que no tiene números ni letras, sino colores. Éstos pueden combinarse y van cambiando dependiendo su estado de ánimo.

Los tres comienzan a conversar y rápidamente se percibe el interés de ambos hombres por conquistar a la dama en cuestión. La mujer escucha atentamente las enseñanzas del viejo pero solamente tiene ojos para el hombre sin rostro. Aquel enigmático personaje conserva una posición estática y no emite ninguna palabra.

El anciano es el único que habla y se dirige exclusivamente a la mujer. Repasa anécdotas vividas y diversas situaciones de las que ella podría aprender. Se empecina en trasladar su conocimiento y enriquecerla. Curiosamente la mujer le responde al viejo, pero cuando lo hace sus palabras se esfuman rápidamente y terminan de ser pronunciadas por el mismo anciano, quien continúa con su monólogo.

La mujer sigue observando al hombre sin rostro, quien utiliza todas sus técnicas de seducción basadas en el silencio y en observarla fijamente aún careciendo de mirada. La mujer lentamente se desespera y quiere lanzarse sobre él, abrazarlo, y amarlo eternamente.

El anciano le explica que aquello no es adecuado, que ella debería escuchar todas sus enseñanzas y reflexiones, y que si se decidiera al fin a lanzarse sobre aquel hombre sin rostro, estaría condenada para siempre a la infelicidad y su figura desaparecería. Según el personaje más sabio de la mesa, ella en principio debe amarse a sí misma y solo después de este acto podría con mucho cuidado observar al otro hombre. De alguna manera ella debía utilizar la figura enigmática para desarrollarse espiritualmente.

La mujer le responde, su excusa se esfuma nuevamente y puede escucharse a través de la voz del viejo. Al mismo tiempo se lanza desesperada encima del hombre sin rostro y lo invita a salir de aquel café. El hombre accede y la toma de la mano. Juntos salen a la calle y el viejo, algo angustiado se acerca a la ventana. Logra observar el andar de aquella extraña pareja y cómo lentamente la figura de la mujer comienza a desvanecerse.

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