El escritor de tangos Attilio Olivetti se encuentra en su estudio, más precisamente en su escritorio repasando algunos versos del genial Ricardo Tanturi. Piensa, resiste, imagina. Ve por la ventana el futuro y el pasado. Se embarca en el presente todo el tiempo que puede. Fuma tabaco y reflexiona, recuerda, ama.

Escucha el bandoneón de Pichuco y llora. Sigue fumando, observa por la ventana. El día está gris y podría morirse ahí mismo sin estar seguro de que aquel suceso altere la rutina de algún ser. Cree que tampoco una muerte ajena podría modificar la suya. Vive solo, vive inmerso en su mundo de tangos y pasiones. Cierra los ojos, escucha la voz de Carlos Gardel, también la del feo Rivero, vuelve a llorar.

Descubre conventillos, chapas, madres de brazos fuertes que lavan la ropa y cocinan en ollas enormes. Quiere que sea de noche y caminar por San Telmo. Desea hablar con vagabundos y embriagarse. Ansía volver y conciliar el sueño, un sueño profundo repleto de una creatividad que no logra conseguir despierto. Espera también en aquel sueño hallar al fin su destino, y de ser posible, acompañado de su mejor tango.

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