De pronto lo miré fijo. Me detuve a respirar, a reflexionar, y a percibir con todos mis sentidos, y lo miré. No sé exactamente qué era, pero me dirigía su mirada, y en ella hallé un dejo de rencor y desafío. Yo me encontraba débil y pedía clemencia, como lo hacía seguido en esas épocas, pero aún así recogí el guante, y le expliqué en silencio que yo no estaba acabado, yo seguía siendo el hombre más fuerte del mundo. Sentía un miedo refinado, un miedo que despierta la fuerza dormida y es capaz de ser transferido de forma inmediata. Supe en el eje de mis energías que esos ojos de aquel ser desconocido podrían ser sometidos por un miedo mayor al mío. Comencé a inflarme, mis músculos se oxigenaron y mi rostro adquirió una imagen que yo no podía ver, pero imaginaba sagaz, y fue así, de pronto cuando el miedo comenzó a abandonarme. Cuando aquellos ojos que sin saber por qué representaban a la muerte, mi fin absoluto, mi disolución como transeúnte mortal, cometieron el error de exhibir un pequeñísimo brillo, el ansiado síntoma de temor. Así crecí y crecí y me hice más fuerte y mi mirada se volvió agresiva e imbatible. Lo miré fijo, y el sudor de mi frente y el rojo de mi piel hicieron el resto. Esos ojos se estaban aplastando a sí mismos, no eran capaces de sostener su mirada y sabían que nunca estarían a la altura. Finalmente la presión fue devastadora y estallaron cerca de mi rostro. Me relamí, comí y bebí esos pedazos de ojos con sangre que no pudieron conmigo.

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