Allí se encontraba el Gran Maestro Internacional de ajedrez, Nikolay Sobolev. Con la mirada perdida frente al espejo escudriñando detenidamente su rostro. Lo tocaba, lo acariciaba y se miraba perdido. Una vida completa dedicada al arte del ajedrez y sus estrategias más complejas de pronto carecía de un basamento claro que nutra su espíritu.

Luego de estudiar durante años un libro táctico y teórico del ajedrecista y matemático alemán Emanuel Lasker, Nikolay se fue deteriorando lentamente. En aquellas páginas se encontró con una frase que terminó por obsesionarlo. Decía: “Cuando encuentres una jugada perfecta, busca una mejor”.

Inmediatamente aquella afirmación se apoderó de sus decisiones estrictamente lúdicas y logró increíblemente una mejoría en la elite de aquel juego. Aún siendo un activo partícipe de los primeros torneos a nivel mundial, Nikolay logró desarrollar un ajedrez más refinado y complejo. Este concepto lo motivó a repensar hasta el hartazgo cada jugada, que tal vez anteriormente ejecutaba a partir de su desarrollado “instinto ajedrecístico”.

Lo grave sucedió cuando trasladó esta noción a su vida personal. Comenzó por repensar algunas situaciones que había naturalizado de su rutina diaria, siguió por cuestionar los propósitos de cada una de sus actividades con la idea de mejorarlos y mejorarse, hasta convertirse en un ser ideal, a partir de un ideal que vivía en su mente.

Así fue como el tiempo pasó y Nikolay Sobolev fue víctima de unos graves desvaríos que perduran hasta el día de hoy. Se lo puede encontrar en la clínica psiquiátrica de la ciudad de San Petersburgo sentado frente al espejo buscando reconocer la causa de sus delirios, sin percibir que mientras más exige su capacidad de raciocinio, más se desconoce a sí mismo.

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