Me mudé a una casa nueva aunque no puedo decir que era como yo esperaba. En la casa había recuerdos que ya no me pertenecían y que creí haber olvidado.

La casa tenía ruidos. Se oían risas y conversaciones felices. También gritos de niños jugando y la carne aún chillaba en la parrilla. Pasos lentos, como de anciano, circulaban por los pasillos. Se percibían sonidos de besos adolescentes, chapuzones violentos y algún que otro alarido de una madre enfurecida.

La casa tenía olores. Algunos acusaban abandono y vacío. Otros se mezclaban con un intenso aroma a comida recién hecha, a jazmines rebosantes en verano y tierra mojada por la lluvia.

La casa tenía imágenes. Muros desmejorados por el desuso, sombras de escritorios antiguos, y huellas de libros viejos. Se veían los cerámicos marcados por botellas de cerveza, rejas ya cansadas con garabatos de algún herrero artesano, y tejas españolas que lo protegían todo con mucho cariño.

La casa tenía rugosidades. Un liso mármol enfundaba la escalera principal, una asquerosa costra de vegetación cubría la piscina, y con los pies descalzos se podía gozar del césped amazónico del jardín.

La casa tenía gusto. Gusto a infancia y a recuerdos. Gusto a olvido y a grandeza. Y si es posible sentirlo, gusto a amor, a un amor silencioso ya avejentado y perdido.

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