Los argentinos somos así, tenemos grandes artistas, y por sobre todo nos destacamos en el arte del fútbol, porque es un arte, claro. Otros deportes de alto rendimiento pueden observarse en los juegos olímpicos, que se convierten únicamente en una exhibición de técnica, y por lo general ya se sabe quién es el mejor, y efectivamente gana.

En el fútbol no pasa, por algo es el deporte más popular del mundo. No siempre gana el mejor, existe la suerte, la fortuna, ¡la belleza!, ¿Cómo negar que es un arte?, imposible. Qué distintos son los goles normales y los golazos que nos estremecen, que suman lo mismo pero generan lo opuesto. Por suerte, tenemos al mejor artista de esta disciplina única jugando con nuestra camiseta.

Brindo hoy por Lionel Messi y por el cosquilleo que sentimos los amantes del fútbol al ver movimientos que jamás vimos en nuestra vida, y por adelantado, mientras lo disfrutamos, con la nostalgia del presente diría el maestro, sabiendo con melancolía lo difícil que resulta que el próximo “mejor jugador del mundo” sea argentino, y más difícil aún, que sea tan bueno como éste. Porque sabemos en secreto, con muchísima pena, que es casi recóndita la probabilidad de que alguna vez en la vida volvamos a ver en vivo semejante despilfarro de una técnica perfecta combinada con la más fina genialidad artística, que hoy, por suerte vemos, y yo, como hombre que se expresa en palabras, como hombre anacrónico y repleto de absurdas cavilaciones, ya empiezo a extrañar por adelantado.

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