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tundrario

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julio 2016

Volando descubrí lo bueno de volar. Arrastrándome descubrí el deber de volar. Callado y en silencio pensé en las razones de la existencia y no las determiné. En el aire percibí el viento, y en él las razones, y en las razones una vida vivida, y en la vida vivida un futuro incierto, pero real y digno.

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En un restaurant vacío estaba Antoine. Era de noche y la calle quieta. En la barra solamente se encontraba un hombre que podía ser el dueño, o un empleado, quien sabe; sucede que en aquellos sectores olvidados de la ciudad nadie puede reconocerse con facilidad. Ese hombre limpiaba la barra y conservaba en su boca un cigarro. El humo lo ocultaba de cierta forma que resultaba intencional. En la imaginación de Antoine había imágenes. Qué curiosa conexión realizaba su razón al descubrir la similitud entre dichas palabras. De eso se trataba su imaginación en ese momento, de ver imágenes, de sentirlas tan intensamente que era capaz de omitir lo que estaba observando y su fantasía se volvía aún más sensible que su propio sentido de percepción visual. Sus ojos parecían sumirse en un hueco profundo y vacío, negro. El hombre tras la barra continuaba limpiando y fumando; se perdía tras ese humo vulgar y aterrador, que tal vez seducía o estimulaba las imágenes proyectadas por la mente de Antoine. Pudo ver unas cucarachas pasar cerca de su cuerpo y desvió la mirada; pronto se disparó nuevamente el proyector de imágenes mentales. Entonces Antoine también fumaba con calma y dejaba que aquel festín visual se pasease tranquilamente por un desconocido sector interior de sus retinas. Enfrente un vagabundo se acercó a pedir dinero y el hombre de la barra miraba a Antoine, y Antoine al hombre de la barra y al vagabundo. Los tres se encontraron en un restaurant vacío, si puede llamarse así, en las afueras de la ciudad, donde tal vez todos duermen y algunos descansan. Antoine se vio embestido por el erotismo de una escena épica para mentes como la suya, y ahí mismo inmerso en ese fulgor de excitación buscó un papel para escribir, para no dejar que se escape, para volcarlo con ardor en palabras, y explicar de alguna forma lo que sucedía, lo que sus ojos veían por dentro y por fuera, para trasladar sentidos surrealistas a otros que leerán ese papel y extenderán su mano con esperanza, que tal vez se encuentre con la mano de Antoine, o tal vez no, para dejarlo caer, para dejarlo ir por el lado interior de sus retinas, en sus imágenes propias, y no ser capaces de verlas nunca.

Estoy harta de vos. Me cansa absolutamente todo de vos. Te hacés el intelectual, y te la pasás hablando de lo que es importante, de lo que es serio, de qué cosas valen la pena o no valen la pena, odiás a todo el mundo y no sos más que nadie, no valés nada. Siempre me hablás pavadas, tus chistes son malos, no hablás en serio nunca o no sé, la verdad. Cada vez que me decís algo no sé si es en serio o es una joda, esa sonrisa intermedia terminé por detestarla, ¿Cómo puede ser?, te la pasás leyendo, estás todo el día tratando de encontrar algo importante en algún lado, y cuando te hablo, todo te da risa, todo es una joda, siento que no te conozco, que no sé quién sos, o que no sos nadie; que me mostrás una máscara de compromiso, que alguien te obliga a ponértela, y me hablás como un boludo, como un nene tonto que dice pavadas, y yo sólo te conozco por lo que imagino de vos, que no sé si es cierto, pero es lo que pienso, ¿Cómo llegué a estar a tu lado tanto tiempo y seguir imaginando quién sos?, ¿Cómo es posible algo así?, ¿Vas a hablarme en serio alguna vez?, ¿O vas a seguir creyendo que lo serio, que lo que vale la pena está en el “más allá”, está por fuera de todo esto que te estoy diciendo, por fuera de este mundo?

En un café madrileño, cercano a la Plaza Mayor, se encuentran tres personas. Por un lado, un anciano algo cansado se acomoda con cierta dificultad y dirige su mirada a un hombre sin rostro que se sienta delante de él. Los acompaña una mujer que rechaza el asiento ofrecido por el anciano y elige permanecer de pie.

Es interesante destacar que los tres personajes llevan un reloj. El anciano tiene uno algo gastado, clásico, con unas agujas que indican la hora exacta. El hombre sin rostro lleva en cambio uno mucho más moderno pero que no responde al horario local, sino que indica una especie de cuenta regresiva inexacta. Dicha cuenta aparece representada con letras y ecuaciones de probabilidad que se van restando a un ritmo uniforme y misterioso como su inexistente rostro. La mujer, por su lado, lleva un reloj que no tiene números ni letras, sino colores. Éstos pueden combinarse y van cambiando dependiendo su estado de ánimo.

Los tres comienzan a conversar y rápidamente se percibe el interés de ambos hombres por conquistar a la dama en cuestión. La mujer escucha atentamente las enseñanzas del viejo pero solamente tiene ojos para el hombre sin rostro. Aquel enigmático personaje conserva una posición estática y no emite ninguna palabra.

El anciano es el único que habla y se dirige exclusivamente a la mujer. Repasa anécdotas vividas y diversas situaciones de las que ella podría aprender. Se empecina en trasladar su conocimiento y enriquecerla. Curiosamente la mujer le responde al viejo, pero cuando lo hace sus palabras se esfuman rápidamente y terminan de ser pronunciadas por el mismo anciano, quien continúa con su monólogo.

La mujer sigue observando al hombre sin rostro, quien utiliza todas sus técnicas de seducción basadas en el silencio y en observarla fijamente aún careciendo de mirada. La mujer lentamente se desespera y quiere lanzarse sobre él, abrazarlo, y amarlo eternamente.

El anciano le explica que aquello no es adecuado, que ella debería escuchar todas sus enseñanzas y reflexiones, y que si se decidiera al fin a lanzarse sobre aquel hombre sin rostro, estaría condenada para siempre a la infelicidad y su figura desaparecería. Según el personaje más sabio de la mesa, ella en principio debe amarse a sí misma y solo después de este acto podría con mucho cuidado observar al otro hombre. De alguna manera ella debía utilizar la figura enigmática para desarrollarse espiritualmente.

La mujer le responde, su excusa se esfuma nuevamente y puede escucharse a través de la voz del viejo. Al mismo tiempo se lanza desesperada encima del hombre sin rostro y lo invita a salir de aquel café. El hombre accede y la toma de la mano. Juntos salen a la calle y el viejo, algo angustiado se acerca a la ventana. Logra observar el andar de aquella extraña pareja y cómo lentamente la figura de la mujer comienza a desvanecerse.

No se escuchan más que algunos grillos nocturnos por las calles de la ciudad. Los automóviles reposan y la mayoría de los porteños también, salvo uno. Pueden oírse con sutileza unos pasos firmes, unos pasos que perduran en el tiempo y buscan la eternidad; se hace presente en esta escena el extraordinario escritor de tangos que ha dado la ciudad de Buenos Aires. Estamos hablando, claro está, de Attilio Olivetti.

Acompañan sus pasos rimbombantes un sinfín de cavilaciones. Espera, una vez más, encontrar su mejor tango aquella noche. Tal vez a la vuelta de la esquina lo esté esperando, tal vez al final de la calle, tal vez será en el cielo. Piensa el escritor si ha llegado la hora de considerar la posibilidad de que aquel tango no exista, ¿Será posible entonces, que aquella obra de arte perfecta no se le presente jamás? Reflexiona con alguna indisimulable congoja, y busca descubrir cómo se debe proceder en dicho caso, utilizando el sentido de la lógica en su más excelsa expresión.

Un “plan B”, dice de pronto, como una especie de aparición espectral, ¿Será un plan B la solución?, continúa caminando, da unos pasos, y fuma un poco de tabaco. No puede ser, el plan B no es la respuesta. El camino alternativo es un camino cobarde, es una variante que utilizan tal vez quienes se encuentran perturbados por el miedo, y así fracasan, y así su plan B se convertirá en el A, para generar otro plan B y dar paso finalmente a una sucesión de fracasos ignorados hasta la hora signada para su defunción.

Qué vida tan horrible, piensa, y percibe finalmente que buscar una alternativa no es la solución, ¿Y lo es entonces, continuar buscando aquel mejor tango?, ¿Y si no existe? Vuelve a considerar su primer premisa. En caso de fallar, el fracaso será más rotundo, más insoportable, será la esencia de la muerte. No lo sabe nuestro querido escritor de tangos y piensa que tal vez no lo sepa nunca. Su camino se percibe difuso bajo una niebla espesa; sigue caminando.

Finalmente, se da cuenta de que en definitiva es dueño de una única certeza a la que siempre podrá aferrarse: nunca dejará de caminar. Sonríe casi con sarcasmo pero lo hace en forma genuina. Saca otro cigarro y lo enciende; dentro de la niebla se pierde en secreto la silueta de Attilio Olivetti, el extraordinario escritor de tangos que ha dado la ciudad de Buenos Aires.

Creo que todos soñamos alguna vez, o pensamos siendo chicos (y grandes) que si se nos da por alguna razón que sería complicado explicar, y aparece el genio de la lámpara, lo primero que uno le pediría sería el poder tener a disposición todos los deseos. Imagino que igualmente no se permite y que debe estar normado por el Congreso Internacional de Genios de la Lámpara o algo así, porque si no sería todo muy fácil o todos los que se encontraron con Genios de la Lámpara son unos boludos. Sería interesante también interiorizarse y desarrollar el contrato principal establecido por el Congreso Internacional de Genios de la Lámpara, pero mejor lo dejamos para otra ocasión.

Con ese mismo concepto de englobar todos los deseos en uno, llevado a una acción más terrenal y personal a la que justamente busco referirme, mi padre logró transmitirme su conocimiento. Se encargó trabajosamente de inculcarme una sencilla idea, su legado concentrado en una sola tarea: la lectura. Durante años promovió esta actividad en variadas ocasiones y me explicaba, aunque yo fuese pequeño y no lograra entender del todo, que a partir del estudio podría ser fuerte y nunca dependería de nadie. Esto lo desarrollo de un modo más formal, ya que él, digno varón de barrio periférico lo expresaba diciendo “si leés, nunca nadie te va a tocar el culo”.

Con el paso de los años y con el aprendizaje encontrado en los libros, mi mente hizo esta repentina conexión con la del Genio que cumple deseos. Casi como si mi padre hubiera tenido una lámpara, y tuviese que elegir qué enseñanza transmitir a su hijo. Decidió entonces de forma casi obvia utilizar la fuente de todas las enseñanzas. Por esa razón sucede, que aunque él no se apersone en este reino terrenal, ha logrado que yo continúe desarrollando este hábito. Percibo que mi aprendizaje diario forma parte de su plan original, y cuando leo un libro, aunque nada tenga que ver con mi padre, pero que me conmueve o me abre puertas a nuevos mundos, siento que es él quien en definitiva lo hace, y en las palabras que leo encuentro sus palabras, y en mi silenciosa voz interior de lectura, su voz.

Cada cierto período de tiempo, cuando me encuentro acompañado por variadas adversidades o por la propia congoja, se me da por buscar la resolución de éste innoble estado citando en mi memoria una idea clara: La vida es un punto.

Me genera una grata sensación este recuerdo, y en cuanto logro enraizarlo en mi imaginación, coqueteo con la dicha de sentirme rebosante y vergonzosamente pleno por unos minutos.

Opto por comenzar reflexionando sobre la extensión del universo y relacionarlo con lo diminuto que es la superficie terrestre. Es como si necesitara fijar visualmente la vida humana con precisión en un lugar geográfico. Esto concluye en el momento que encuentro imaginariamente al planeta tierra y tomo real conciencia de sus ínfimas dimensiones. Si pudiese abarcar con mi imagen mental la totalidad del cosmos, obviamente nosotros seríamos un pequeño punto.

Posteriormente al primer análisis, necesariamente debo hacer referencia al tiempo. Es ahí donde cito ciertos números concretos que me estremecen. Por ejemplo podría barajar que los dinosaurios vivieron 160 millones de años en la tierra, o también me satisface recordar que el comienzo de la existencia del propio planeta ha tenido lugar hace 4500 millones de años. Inevitable se vuelve recapacitar en nuestra insignificancia como raza. Si nosotros acabamos de celebrar la llegada de los 2 mil años.

Vuelvo a graficar mentalmente este dato, y en mi línea de tiempo imaginaria, realizo grafismos proporcionados que expongan en forma acorde la ocupación temporal de cada especie. Otra vez vuelvo a marcar la humanidad, y por consiguiente mi propia vida, en un punto.

En diferentes situaciones sucede que los ejemplares de esta especie racional nos vemos debilitados y atacados por nuestra mejor (o peor) arma: la mente. Podemos encontramos invadidos por preguntas y extraños cuestionamientos sobre el sentido de la vida. Es en ese momento cuando decido recordar que la vida es un punto, y que nada de esto lo tiene.

Cuando me preguntan qué haría si me muriera mañana, yo a su vez me pregunto ¿Mañana es poco tiempo?. Si es por eso que uno cambiaría sus decisiones, opto por recordar que cien años también podrían ser mañana.

Buenas, que tal, soy Ramón. Hoy estaba muy ansioso (muy ansioso estaba) y me puse a pensar en eso. Siempre me gana la ansiedad (siempre, siempre), es increíble. Mirá que trato, pero no puedo (no puedo), una y otra vez, y una y otra vez, y la ansiedad (siempre la ansiedad). Trato de hacer una cosa, trato de hacer otra, y la ansiedad, y el teléfono que tengo (tengo un teléfono muy bueno), que me lo compré re barato porque era robado. Y entonces vuelvo, y digo (digo, digo, digo) hoy si, hoy me concentro, hoy avanzo en la vida (avanzo con todo), y no, y mirando, que quién me habló, que quién no se qué cosa, que las redes sociales (las redes), y si, por algo se llaman redes, como que te atrapan (te re atrapan) y no te dejan hacer nada. Para mi que es obvio (re obvio), que es un conspiración (tremenda conspiración), y de acá a diez años ya nadie se va a poder concentrar ni cinco minutos (ni cinco) en absolutamente nada, y todos van empezar a tener crisis de nervios (una crisis horrible) y como que se van a terminar muriendo con baba saliéndoles por la boca. Como el chino de la vuelta (el chino, ¡qué chino!), que el otro día me vendió un pan mufado (ya les conté) y que anda siempre con el teléfono. No lo puede soltar ni para pasar lo que le compro por el aparatito que hace ¡pip! (el cosito ese), y entonces no suelta el teléfono que está todo en chino (no lo suelta), y así labura, (si, así) igual no piensen que me la agarro con él porque en el fondo es bueno (en el fondo) y tiene un hijito muy simpático (un hijito tiene) que se la pasa correteando por el local (se la pasa), por no decir que el chinito se la pasa corriendo por el “chino”, porque así le digo, y bue, pero vuelvo con lo del teléfono (vuelvo, vuelvo) y así todos, y así yo, que no lo suelto, y quiero hacer algo, y quiero avanzar (quiero, quiero, quiero) y nada che, nada, así me voy al tacho (me voy) sin poder hacer nada de la vida más que ver qué mierda me dicen (me dicen, me dicen), y hablando de lo que me dicen, siempre me dicen que soy muy ansioso (re ansioso), y que se yo, no se si es verdad (no se) pero me lo dicen mucho (me dicen, me dicen), asi que mejor me pongo a hacer algo, taluego.

Hola, soy yo, Ramón de nuevo (si, Ramón). El otro día no saben la que me pasó (no saben). Iba por la calle tranquilo (tranquilo, re tranquilo), y de repente me cruzo con el chino de la vuelta (si, el chino) y le digo “chino sorete, chino sucio, me vendiste un pan mufado, chino” (chino, chino, chino), y entonces el chino se re calentó para el carajo (se re calentó) y me dijo que no se qué cosa, porque habló todo en chino (en chino habló) y no le entendí nada (nada de nada le entendí). Y bue, que se yo, la verdad es que da bronca que te vendan un pan mufado (re mufado estaba), así que por ahí fue medio raro (un poco raro) decírselo ahí en la calle, pero se lo merecía (bien merecido lo tenía). A veces me dicen que por ahí me dejo llevar (me dicen), que soy ansioso (re ansioso me dicen) pero qué se yo, en definitiva el pan estaba mufado, y al chino lo tenía que putear.

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