Una sensación que de alguna manera me estremece, o me estimula, de difícil explicación, es la lectura por primera vez de un libro que me acompañó durante años. Encontrar de repente en esas páginas una profunda reflexión o conmoverme resulta extraño. Ese libro estuvo ahí, tanto tiempo, esperándome en silencio. Con grandes aventuras, con mucho ardor pero mudo, casi respetuoso, sin dejarse llevar por la ansiedad que todos tenemos ante los proyectos o decisiones. De avisar tontamente antes lo que tenemos para dar, lo que vamos a hacer, para arruinarlo, para generar en nosotros mismos una expectativa que terminará por derrumbarse. Pero no, los libros no se permiten esa grosería. Son llevados de un lado a otro, guardados en algún depósito, se llenan de polvo sin ser siquiera ojeados, teniendo para decir palabras que son capaces de cambiar tu perspectiva o juicio definitivo sobre el resto de las cosas.

Esta sensación llevada al extremo me ocurre con un pequeño diccionario, un viejo Kapelusz que me regalaron a los seis años para poder llevar a la escuela. Lo guardaba en mi mochila de las Tortugas Ninjas y lo consultaba casi a diario. “Saquen el mataburros”, decía la maestra, y por alguna razón me encantaba ese término, tan agresivo y rimbombante. También lo utilizaba en mi casa, es decir, a diferencia de otros libros que tal vez usé mucho tiempo después de haberlo adquirido, este diccionario está presente en mi rutina hace muchísimos años, pero claro, nunca lo he leído por completo.

Es al día de hoy que cuando me siento a leer un libro, coloco el pequeño Kapelusz a mi lado, y no falta la oportunidad en la que me encuentro con alguna palabra que ignoro, o que tal vez conozco pero quisiera terminar de clarificar su significado. Entonces lo abro despacio, ya casi conservándolo como una reliquia, y cuando la lectura principal que me acompaña es algo sensiblera o toca algunas fibras íntimas, tal vez le dé su espacio al pequeño diccionario y me entregue a esa sensación tan extraña de estar leyendo una palabra por primera vez, una palabra que siempre estuvo ahí, en un libro siempre estuvo ahí, conmigo, e imagino mis pequeñas manos abriéndolo y consultándolo mientras terminaba mi chocolatada y lo guardaba en mi mochila de las Tortugas Ninjas.

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