Cuando el sol desaparece, cuando las verdades descansan, cuando quienes dominan este mundo duermen, es el momento en que sale a la calle el extraordinario escritor de tangos Attilio Olivetti. Fuma tabaco y camina. Puede resultar extraño pero se reconoce en su rostro un sutil esbozo de alegría.

Reflexiona sin exigencias y lo hace sobre la mismísima noche. Busca su mejor tango con un anhelo suave, maduro, sosegado. Hace algunos años ha dejado de perseguirlo en la luz del día y se pregunta cuál será la causa de aquella inconsciente decisión. Será, piensa, precisamente porque el mundo descansa, porque el reloj detiene su agresiva marcha militar y se esfuma. Sin los azotes del tiempo transcurriendo, se hace más sencillo detenerse, justamente detenerse, concentrarse, el ejercicio primero para el trabajo primero, el del arte.

Será, dice, que en la noche no solamente el tiempo se paraliza, sino que corre lentamente. ¿Y qué es un tango, si no es una sensación lenta y descriptiva?, como cualquier texto, como cualquier escrito que fundamenta su autenticidad en los detalles, en la ralentización, en pequeños hechos disgregados por la imaginación y por la propia naturaleza del arte literario. Acciones que normalmente ocurrirían en simultáneo parecen encontrar en las palabras su espacio deseado para lograr desenvolverse con detenimiento, con paz, en una situación que no existe, por suerte, piensa Attilio, y sospecha que en definitiva se ha vuelto mucho más bello vivir en ese mundo ficticio de su imaginación que en ese otro tan grosero y mundano, el real.

Sonríe ante la posibilidad de caer definitivamente en la demencia, fuma tabaco y continúa su marcha silenciosa por la noche. Se aparta de la escena el magnífico escritor de tangos que ha dado la ciudad de Buenos Aires.

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