El escritor de tangos Attilio Olivetti se encontraba en un laberinto. De la mano iba con una mujer que lo rechazaba pero que él todavía amaba. Juntos corrían precipitadamente huyendo de una especie de ogro inexistente. Él la sujetaba y la deseaba. Mientras huían le decía en secreto que la seguía amando.

Ella ignoraba completamente los dichos del escritor de tangos. Se la veía hermosa con gestos precipitados intentando comprender aquella insólita carrera. Attilio dirigía el recorrido, se mostraba plenamente seguro, aferraba fuertemente la mano de la mujer y la arrastraba por donde él creía conveniente. Ella se dejaba llevar sin creer profundamente en sus movimientos y avanzaba junto a él con ciertas dudas.

En una esquina se encontraron con unos amigos, se detuvieron a saludarlos pero ellos no respondieron. Escapaban hacia otra parte perseguidos por otro fantasma que ellos no veían. Luego aparecieron familiares y vecinos que también estaban inmersos en la desesperación y se ayudaban mutuamente para salvar sus vidas.

Cuando todos siguieron de largo, Attilio volvió en sí mismo y recordó su propósito. Se concentró nuevamente y apretó su mano para continuar su rumbo junto a su mujer amada. Una sensación puramente física lo precipitó. Su mano no sujetaba otra mano. Levantó su mirada y ya no estaba acompañado. Se encontraba ahora solo en un laberinto escapando de algo que todavía no comprendía.

La huída perdió su sentido de inmediato. No tenía a quien proteger y su vida no valía demasiado. Cualquier camino del laberinto daba igual. Gritó desesperado el nombre de su amada y optó por esperar con paciencia al ogro inexistente.

Anuncios