Un mito recorre las dunas del desierto en la región asiática de Medio Oriente. Se dice que un antiguo viento cálido proveniente del Mar Árabe tenía una afición algo particular. Al recorrer velozmente la superficie de aquel desierto dejaba tras de sí bellos dibujos de distintas figuras humanas.

Mientras volaba aquel soplo arábigo, se dedicaba en principio a cumplir con sus órdenes estrictamente geográficas y trasladaba consigo un calor seco y sofocante. Por otro lado, se permitía conservar una actitud rebelde y representaba en la arena las más diversas situaciones en las que siempre participaban seres humanos.

Otro punto interesante del acto era que las figuras aparecían en los sectores más recónditos del desierto, muy lejos de las rutas y caminos populares. Nadie podía saber si la exquisita obra aparecía de un momento a otro o si se generaba a través de los años. El hecho despertaba un verdadero asombro en el afortunado visitante.

Los científicos investigaban aquellas imágenes de arena. Los civiles sencillamente se dejaban atrapar por las emociones en una súbita visualización que resultaba eterna. El viento parecía caracterizar al tiempo como su mayor enemigo y se burlaba de él con solemnidad. Para hacerlo recurría al uso del espacio desconocido como única alternativa.

No se sabe cuándo fue que aquel viento dejó de realizar sus proezas. Se cree que tal vez se haya aburrido de tal expresión o simplemente se esté tomando un descanso que renueve sus conceptos artísticos. Lo que mantiene en vilo al pueblo musulmán es lo indeterminado de su posible regreso. Algunos aseguran que simplemente se alejará de su trabajo algunos días, los menos optimistas creen que tal vez serán millones de años.

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