Un hombre deseaba ser observado intensamente y lo lograba. Pretendía también recibir esa intensa mirada cargada de admiración y envidia, pero eso no sucedía. Aquellos ojos ajenos sencillamente lo examinaban con serenidad.

El hombre comenzó a inquietarse mientras dirigía sus ardientes retinas hacia el foco de observación. Se volteó e ignoró la escena. Sus pensamientos seguían activos y por encima de sus cejas comenzaban a brotar pequeñísimas gotas de sudor. Su corazón se aceleraba y palpitaba cada vez más fuerte, como si hubiese estado lejos toda su vida hasta ese momento.

El hombre percibía una extraña sensación de vacío interior y dejó de sentir deseos por ser observado, pero ya no podía controlar aquel acto. Los ojos que lo miraban ahora no estaban o tal vez se hallaban ocultos. Se dejó llevar sin reflexionar por la segunda opción, comenzó entonces a sudar aún más y su corazón latía con mayor violencia.

El hombre observado sintió repentinamente que su corazón no quería alertarlo sino que guardaba otro propósito. Quería salirse de su cuerpo y lo estaba logrando. Trató de contenerlo en su interior pero el impulso fue tan intenso que finalmente debió tomarlo con ambas manos. Elevó aquel órgano a la altura de sus ojos y fue testigo de cómo su morfología mutaba, convirtiéndose así en un músculo con otros ojos, que también lo observaba.

El hombre observado dejó de sentir temor por los ojos que ya no veía, y se concentró inconscientemente en el terror que le causaba ser reconocido visualmente por su propio corazón. Notó que aquella mirada no lo examinaba, sino que expresaba un sentimiento: la decepción. El hombre observado sintió cómo se desconectaba cualquier tipo de razonamiento compatible en su cerebro y cómo lentamente dejaba de comprender la realidad.

Con su último esfuerzo lanzó aquel corazón aparentemente poseído o maligno a la oscuridad. Con el agujero todavía en su pecho, se inclinó tratando inútilmente de conservar el equilibrio completamente dominado por la paranoia. Escuchó unos pasos y alzó su rostro. Entre las sombras apareció aquel hombre que lo examinaba con serenidad, y en sus manos llevaba su corazón, que lo observaba decepcionado.

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