Dicen los ancianos del barrio de Palermo que a pocas cuadras de sus hogares la gente pasaba por un pequeño pasaje alfombrado de adoquines y curiosamente repleto de sueños. Podían encontrarse absolutamente por todos lados. Se los podía observar en la vereda, en las puertas, en las ventanas, en los postes, en todas partes. La muchedumbre pasaba por allí y podía percibirlos solamente a través de sentidos desconocidos. Era frecuente que los peatones busquen aquel pasaje en particular con la esperanza de ser atrapados por uno de ellos y permanecer en el lugar un tiempo indefinido.

Lo interesante es que quienes presenciaron la magia del pasaje podían ser alcanzados por sueños aleatorios que no coincidían justamente con sus deseos. Esta situación terminaba por generar una gran controversia en sus visitantes.

El problema se convirtió en un hecho y los sueños tomaron cartas en el asunto. Un día decidieron organizarse y establecieron un serio debate. Consideraron que necesitaban expresarse y anunciar de qué se trataban para que los peatones puedan identificarlos e invertir el sistema de selección. Ahora las personas debían atrapar el sueño.

Juntos decidieron mutar y convertirse en una palabra que pueda sintetizar la idea troncal de cada uno de ellos. Lentamente y sin poco esfuerzo comenzaron a transformarse en palabras. Algunos pudieron evolucionar más rápido y otros necesitaron más tiempo. A medida que la metamorfosis avanzaba, se notaba como disminuía su característica lumínica original y se volvían más opacos y secos.

Todos perdieron su forma habitual y la palabra en la que se habían transformado no era del todo clara. Muchos podían ser definidos por la misma, pero para diferenciarse terminaron por elegir algunas muy abstractas que poco decían y confundían aún más a los peatones y a ellos mismos. Ya nadie tenía en claro qué significaba cada sueño, y tampoco se animaban a arrebatar a los peatones como en los viejos tiempos.

Los sueños terminaron por detestar su nueva morfología y se esforzaban por seguir siendo sueños, pero ya era tarde. Todos se habían convertido en palabras y olvidaron su configuración original. Las ahora palabras buscaban comunicarse unas con las otras y contar todo lo que habían soñado, pero les resultaba imposible. Terminaron guardando silencio y tristemente se secaron. La calle finalmente dejó de ser “el pasaje de los sueños”, para convertirse en “el pasaje de las palabras” y ya nadie tuvo interés en volver allí.

Anuncios