Un paso, otro paso suave. Respirar profundamente y la plenitud. Observar el cielo con una sonrisa sincera y desganada, buscar en cada rincón una verdad que me conmueva. Ver una vieja, un viejo, creer en ellos y en sus ojos, en el transcurso de su vida que lentamente llega a su fin y preguntarles. Preguntarles todo. En qué creen, qué valió la pena, qué fue de ellos y quiénes eran.

No importa, otro paso, el envase de cerveza en mi mano y mi camino hacia el kiosco. El barrio oscuro, imagino a mis vecinos en sus casas durmiendo, mis vecinos teniendo sexo, alguno viendo televisión, alguno llorando. Y yo camino al kiosco, y la noche callada, y mi barrio trabajador como siempre.

Las baldosas dispares, algunas quebradas por raíces de árboles pacientes, otras sanas, otras que ahí están. Y yo sigo, y otro paso, y pensando en el kiosco y en quién seré, en qué me convertiré, en el sentido de las cosas y en ser viejo. En ser viejo y tener vergüenza, dios me libre. Pensar en mi madre durmiendo, pensar en mi padre.

Qué cosa la noche, qué cosa. Caminar en silencio y pensando, dando un paso suave, y otro paso.

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