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tundrario

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junio 2016

Una sensación que de alguna manera me estremece, o me estimula, de difícil explicación, es la lectura por primera vez de un libro que me acompañó durante años. Encontrar de repente en esas páginas una profunda reflexión o conmoverme resulta extraño. Ese libro estuvo ahí, tanto tiempo, esperándome en silencio. Con grandes aventuras, con mucho ardor pero mudo, casi respetuoso, sin dejarse llevar por la ansiedad que todos tenemos ante los proyectos o decisiones. De avisar tontamente antes lo que tenemos para dar, lo que vamos a hacer, para arruinarlo, para generar en nosotros mismos una expectativa que terminará por derrumbarse. Pero no, los libros no se permiten esa grosería. Son llevados de un lado a otro, guardados en algún depósito, se llenan de polvo sin ser siquiera ojeados, teniendo para decir palabras que son capaces de cambiar tu perspectiva o juicio definitivo sobre el resto de las cosas.

Esta sensación llevada al extremo me ocurre con un pequeño diccionario, un viejo Kapelusz que me regalaron a los seis años para poder llevar a la escuela. Lo guardaba en mi mochila de las Tortugas Ninjas y lo consultaba casi a diario. “Saquen el mataburros”, decía la maestra, y por alguna razón me encantaba ese término, tan agresivo y rimbombante. También lo utilizaba en mi casa, es decir, a diferencia de otros libros que tal vez usé mucho tiempo después de haberlo adquirido, este diccionario está presente en mi rutina hace muchísimos años, pero claro, nunca lo he leído por completo.

Es al día de hoy que cuando me siento a leer un libro, coloco el pequeño Kapelusz a mi lado, y no falta la oportunidad en la que me encuentro con alguna palabra que ignoro, o que tal vez conozco pero quisiera terminar de clarificar su significado. Entonces lo abro despacio, ya casi conservándolo como una reliquia, y cuando la lectura principal que me acompaña es algo sensiblera o toca algunas fibras íntimas, tal vez le dé su espacio al pequeño diccionario y me entregue a esa sensación tan extraña de estar leyendo una palabra por primera vez, una palabra que siempre estuvo ahí, en un libro siempre estuvo ahí, conmigo, e imagino mis pequeñas manos abriéndolo y consultándolo mientras terminaba mi chocolatada y lo guardaba en mi mochila de las Tortugas Ninjas.

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Cuando el sol desaparece, cuando las verdades descansan, cuando quienes dominan este mundo duermen, es el momento en que sale a la calle el extraordinario escritor de tangos Attilio Olivetti. Fuma tabaco y camina. Puede resultar extraño pero se reconoce en su rostro un sutil esbozo de alegría.

Reflexiona sin exigencias y lo hace sobre la mismísima noche. Busca su mejor tango con un anhelo suave, maduro, sosegado. Hace algunos años ha dejado de perseguirlo en la luz del día y se pregunta cuál será la causa de aquella inconsciente decisión. Será, piensa, precisamente porque el mundo descansa, porque el reloj detiene su agresiva marcha militar y se esfuma. Sin los azotes del tiempo transcurriendo, se hace más sencillo detenerse, justamente detenerse, concentrarse, el ejercicio primero para el trabajo primero, el del arte.

Será, dice, que en la noche no solamente el tiempo se paraliza, sino que corre lentamente. ¿Y qué es un tango, si no es una sensación lenta y descriptiva?, como cualquier texto, como cualquier escrito que fundamenta su autenticidad en los detalles, en la ralentización, en pequeños hechos disgregados por la imaginación y por la propia naturaleza del arte literario. Acciones que normalmente ocurrirían en simultáneo parecen encontrar en las palabras su espacio deseado para lograr desenvolverse con detenimiento, con paz, en una situación que no existe, por suerte, piensa Attilio, y sospecha que en definitiva se ha vuelto mucho más bello vivir en ese mundo ficticio de su imaginación que en ese otro tan grosero y mundano, el real.

Sonríe ante la posibilidad de caer definitivamente en la demencia, fuma tabaco y continúa su marcha silenciosa por la noche. Se aparta de la escena el magnífico escritor de tangos que ha dado la ciudad de Buenos Aires.

– ¡No puede ser!, ¿Por qué a mí? Mis amigos no andan todo el día preocupados por la salud de sus papás. Yo estoy cansado, no puedo salir el fin de semana tranquilo con ellos, al final no puedo hacer nada. Yo no quería un papá así, que tenga que cuidar todo el día. Hoy los chicos iban al boliche y además iba la chica que me gusta, de la que te hablé el mes pasado. Todo eso me pierdo por estar acá, y yo qué tengo que ver… yo no tengo la culpa de tus problemas, de tu obesidad, ¡No es justo!
– A algunos les toca un papá saludable y a vos te tocó éste. Así salió la baraja, hijo.

El escritor de tangos Attilio Olivetti se encontraba en un laberinto. De la mano iba con una mujer que lo rechazaba pero que él todavía amaba. Juntos corrían precipitadamente huyendo de una especie de ogro inexistente. Él la sujetaba y la deseaba. Mientras huían le decía en secreto que la seguía amando.

Ella ignoraba completamente los dichos del escritor de tangos. Se la veía hermosa con gestos precipitados intentando comprender aquella insólita carrera. Attilio dirigía el recorrido, se mostraba plenamente seguro, aferraba fuertemente la mano de la mujer y la arrastraba por donde él creía conveniente. Ella se dejaba llevar sin creer profundamente en sus movimientos y avanzaba junto a él con ciertas dudas.

En una esquina se encontraron con unos amigos, se detuvieron a saludarlos pero ellos no respondieron. Escapaban hacia otra parte perseguidos por otro fantasma que ellos no veían. Luego aparecieron familiares y vecinos que también estaban inmersos en la desesperación y se ayudaban mutuamente para salvar sus vidas.

Cuando todos siguieron de largo, Attilio volvió en sí mismo y recordó su propósito. Se concentró nuevamente y apretó su mano para continuar su rumbo junto a su mujer amada. Una sensación puramente física lo precipitó. Su mano no sujetaba otra mano. Levantó su mirada y ya no estaba acompañado. Se encontraba ahora solo en un laberinto escapando de algo que todavía no comprendía.

La huída perdió su sentido de inmediato. No tenía a quien proteger y su vida no valía demasiado. Cualquier camino del laberinto daba igual. Gritó desesperado el nombre de su amada y optó por esperar con paciencia al ogro inexistente.

Un mito recorre las dunas del desierto en la región asiática de Medio Oriente. Se dice que un antiguo viento cálido proveniente del Mar Árabe tenía una afición algo particular. Al recorrer velozmente la superficie de aquel desierto dejaba tras de sí bellos dibujos de distintas figuras humanas.

Mientras volaba aquel soplo arábigo, se dedicaba en principio a cumplir con sus órdenes estrictamente geográficas y trasladaba consigo un calor seco y sofocante. Por otro lado, se permitía conservar una actitud rebelde y representaba en la arena las más diversas situaciones en las que siempre participaban seres humanos.

Otro punto interesante del acto era que las figuras aparecían en los sectores más recónditos del desierto, muy lejos de las rutas y caminos populares. Nadie podía saber si la exquisita obra aparecía de un momento a otro o si se generaba a través de los años. El hecho despertaba un verdadero asombro en el afortunado visitante.

Los científicos investigaban aquellas imágenes de arena. Los civiles sencillamente se dejaban atrapar por las emociones en una súbita visualización que resultaba eterna. El viento parecía caracterizar al tiempo como su mayor enemigo y se burlaba de él con solemnidad. Para hacerlo recurría al uso del espacio desconocido como única alternativa.

No se sabe cuándo fue que aquel viento dejó de realizar sus proezas. Se cree que tal vez se haya aburrido de tal expresión o simplemente se esté tomando un descanso que renueve sus conceptos artísticos. Lo que mantiene en vilo al pueblo musulmán es lo indeterminado de su posible regreso. Algunos aseguran que simplemente se alejará de su trabajo algunos días, los menos optimistas creen que tal vez serán millones de años.

Un hombre deseaba ser observado intensamente y lo lograba. Pretendía también recibir esa intensa mirada cargada de admiración y envidia, pero eso no sucedía. Aquellos ojos ajenos sencillamente lo examinaban con serenidad.

El hombre comenzó a inquietarse mientras dirigía sus ardientes retinas hacia el foco de observación. Se volteó e ignoró la escena. Sus pensamientos seguían activos y por encima de sus cejas comenzaban a brotar pequeñísimas gotas de sudor. Su corazón se aceleraba y palpitaba cada vez más fuerte, como si hubiese estado lejos toda su vida hasta ese momento.

El hombre percibía una extraña sensación de vacío interior y dejó de sentir deseos por ser observado, pero ya no podía controlar aquel acto. Los ojos que lo miraban ahora no estaban o tal vez se hallaban ocultos. Se dejó llevar sin reflexionar por la segunda opción, comenzó entonces a sudar aún más y su corazón latía con mayor violencia.

El hombre observado sintió repentinamente que su corazón no quería alertarlo sino que guardaba otro propósito. Quería salirse de su cuerpo y lo estaba logrando. Trató de contenerlo en su interior pero el impulso fue tan intenso que finalmente debió tomarlo con ambas manos. Elevó aquel órgano a la altura de sus ojos y fue testigo de cómo su morfología mutaba, convirtiéndose así en un músculo con otros ojos, que también lo observaba.

El hombre observado dejó de sentir temor por los ojos que ya no veía, y se concentró inconscientemente en el terror que le causaba ser reconocido visualmente por su propio corazón. Notó que aquella mirada no lo examinaba, sino que expresaba un sentimiento: la decepción. El hombre observado sintió cómo se desconectaba cualquier tipo de razonamiento compatible en su cerebro y cómo lentamente dejaba de comprender la realidad.

Con su último esfuerzo lanzó aquel corazón aparentemente poseído o maligno a la oscuridad. Con el agujero todavía en su pecho, se inclinó tratando inútilmente de conservar el equilibrio completamente dominado por la paranoia. Escuchó unos pasos y alzó su rostro. Entre las sombras apareció aquel hombre que lo examinaba con serenidad, y en sus manos llevaba su corazón, que lo observaba decepcionado.

El reconocido ajedrecista ruso Nikolay Sóbolev no sabe expresarse de muchas maneras. Ha repetido hasta el hartazgo que el ajedrez es como la vida misma, por esta razón gusta de comunicarse a través del juego.

Es padre de dos hermosos hijos, un varón y una nena, nacidos en San Petersburgo. Nikolay suele jugar con ellos los fines de semana. No solo para perfeccionar la estrategia de los niños, sino que utiliza el espacio para enseñarles el funcionamiento de la vida misma. Porque el ajedrez es como la vida, claro.

Una mañana de domingo, Nikolay ordenaba sus piezas color negro para jugar con su hijo Mijail, el más pequeño. Antes de ejecutar cualquier movimiento, el padre le sugirió al niño que esté muy atento a su caballo blanco de casilla negra. También le dijo que además de observarlo atentamente, se sienta personificado y piense como aquel caballo.

La partida se fue desarrollando y el Gran Maestro Internacional encontró rápidamente la manera de amenazar a la dama rival de cierta forma que solo podría ser defendida por el caballo blanco de casilla negra. Mijail fue entonces sorteando diversos obstáculos preparados por su padre para proteger su pieza más fuerte. El niño muy sabio y obediente, siempre lo hizo con el caballo mientras se introducía en su piel y escudriñaba sus sensaciones.

Percibió que aquel caballo ponía en juego su propio pellejo para proteger a la dama, quien con muecas de indiferencia danzaba sobre el tablero. Una especie de bestia con cualidades limitadas buscando llamar la atención con su única herramienta: el coraje. La perseguía para salvarla a tiempo del súbito ataque del alfil negro de casillas blancas, o colocándose delante de la embestida de alguna poderosa torre. Siempre ofreciéndose como sacrificio, entregando su vida para resguardar a la dama.

Poco a poco el niño fue detectando la naturaleza de la situación hasta que Nikolay consideró que el momento era el apropiado para lanzar una arremetida fulminante. Con el movimiento de un alfil apareciendo detrás de una fuerte estructura de peones, amenazó a la dama. La única salida de aquella pieza era hacerse a un lado y entregar el caballo. Mijail lo comprendió rápidamente. Con nostalgia y lógica movió su pieza y colocó al caballo fuera del tablero.

Yo ya no sé más nada (no se). Para mi todo va muy rápido (demasiado). La vida está muy loca (la vida, si, la vida). Yo le digo, ¡Vida calmate!, ¡Vida pará!, ¿No ves?, ¿No ves que todo pasa muy rápido? (demasiado rápido). Sin darme cuenta pasa y yo que sé. Al final uno no puede terminar de disfrutar nada (no se puede). Uno se esfuerza, y dale que dale para adelante (dale que dale) y para allá, y trabajar, y el sacrificio (trabajo, mucho trabajo), y nada che. Que el estudio, que diez años estudiando, y siempre falta más (estudiando y estudiando). Siempre falta, siempre falta un poco más (falta). Y yo ya quiero ver algo, ¿Entendés?, quiero ver algo de resultados, qué se yo, no se, mostrame algo, dale. Me dicen que soy ansioso (siempre me dicen), y también que pienso mucho (que pienso, que pienso) pero yo estoy medio podrido. Siempre para adelante (siempre) y para acá nada. Entonces vida calmate un poco, vida dale, dale mostrame algo, quiero empezar a ver algo che. Pero bue, los dejo che porque tengo que laburar (tengo tengo tengo).

Dicen los ancianos del barrio de Palermo que a pocas cuadras de sus hogares la gente pasaba por un pequeño pasaje alfombrado de adoquines y curiosamente repleto de sueños. Podían encontrarse absolutamente por todos lados. Se los podía observar en la vereda, en las puertas, en las ventanas, en los postes, en todas partes. La muchedumbre pasaba por allí y podía percibirlos solamente a través de sentidos desconocidos. Era frecuente que los peatones busquen aquel pasaje en particular con la esperanza de ser atrapados por uno de ellos y permanecer en el lugar un tiempo indefinido.

Lo interesante es que quienes presenciaron la magia del pasaje podían ser alcanzados por sueños aleatorios que no coincidían justamente con sus deseos. Esta situación terminaba por generar una gran controversia en sus visitantes.

El problema se convirtió en un hecho y los sueños tomaron cartas en el asunto. Un día decidieron organizarse y establecieron un serio debate. Consideraron que necesitaban expresarse y anunciar de qué se trataban para que los peatones puedan identificarlos e invertir el sistema de selección. Ahora las personas debían atrapar el sueño.

Juntos decidieron mutar y convertirse en una palabra que pueda sintetizar la idea troncal de cada uno de ellos. Lentamente y sin poco esfuerzo comenzaron a transformarse en palabras. Algunos pudieron evolucionar más rápido y otros necesitaron más tiempo. A medida que la metamorfosis avanzaba, se notaba como disminuía su característica lumínica original y se volvían más opacos y secos.

Todos perdieron su forma habitual y la palabra en la que se habían transformado no era del todo clara. Muchos podían ser definidos por la misma, pero para diferenciarse terminaron por elegir algunas muy abstractas que poco decían y confundían aún más a los peatones y a ellos mismos. Ya nadie tenía en claro qué significaba cada sueño, y tampoco se animaban a arrebatar a los peatones como en los viejos tiempos.

Los sueños terminaron por detestar su nueva morfología y se esforzaban por seguir siendo sueños, pero ya era tarde. Todos se habían convertido en palabras y olvidaron su configuración original. Las ahora palabras buscaban comunicarse unas con las otras y contar todo lo que habían soñado, pero les resultaba imposible. Terminaron guardando silencio y tristemente se secaron. La calle finalmente dejó de ser “el pasaje de los sueños”, para convertirse en “el pasaje de las palabras” y ya nadie tuvo interés en volver allí.

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