La propia nada se generó espontáneamente en un cruce de calles en el barrio de Mataderos. Una intensa ráfaga invernal arrastró un conjunto de partículas con capacidad de reflexión individual y terminó por reunirlas casualmente en aquella esquina. Esta aglomeración molecular produjo una extraña conexión cognitiva y comenzó a razonar.

Inmediatamente la nada misma tomó conciencia de su inexistente condición. Tuvo tiempo para envidiar el alegre andar de los niños y de algunos animales. También se permitió desear ser al menos una sustancia tangible aunque deba encontrarse desprovista de una vida. Observó a su alrededor ansiando ser algo y poder percibir la naturaleza a partir de su propio volumen.

Creyó inmediatamente en la reencarnación de las almas que se transportan de un ser vivo a otro. Deseó tener un espíritu que pueda vagar por diversos cuerpos a lo largo de la eternidad. Supuso también que cuando los objetos se deshacen logran renacer en otros indistintamente. Con tal de existir, no le fastidiaba el hecho de pertenecer a este reino inerte.

Recordó su particular estado ficticio y reflexionó sobre aquello. Comenzó por concebir las distintas formas de ocupar un espacio real en el universo y también lo hizo calculando una situación directamente contraria. La claridad de sus pensamientos creció hasta alcanzar un estimulante estado de gracia, donde predomina el blanco o el negro y las imágenes proyectadas se vuelven extremadamente difíciles de retener en la imaginación.

Finalmente la atrapó el súbito placer de no corresponder a aquella realidad y se enorgulleció de su efímera e infinita libertad. En ese mismo momento una brisa sopló con cierta impaciencia y dispersó aquellas traviesas partículas y sus absurdos pensamientos. No quedó absolutamente nada en aquella esquina.

Anuncios