Una casa vieja, una calle oscura, empedrado y silencio, algún gato nocturno controla la cuadra con paciencia y aguza su oído, alguien se acerca del otro lado de la esquina. La ciudad, única, su nombre: Buenos Aires. Los pasos rítmicos, emiten tiempos y notas menores. Se asoma un hombre cauteloso con un sobretodo y un sombrero de otro tiempo. Se trata del inconfundible y extraordinario escritor de tangos que ha dado esta ciudad. Acompañado por el humo de su cigarro se hace presente la figura de Attilio Olivetti.

Lleva caminando algunas horas por la noche y ha encontrado en una forzada casualidad un corazón de tango. Puede verlo y sentirlo, se trata de un corazón de tango magnífico. Se conmueve y prende un cigarro. La soledad lo acompaña en esa caminata errante e infinita por la cornisa anacrónica de su vida. Se refugia como puede en su sensibilidad eterna y en su consciente e ingenua esperanza.

Abre su espíritu por las calles. Observa los gatos que se asoman y lo reverencian. Con una suave sonrisa los saluda y agradece el agasajo. Algo le está faltando a su tango. Le faltan los pies y la cabeza, le falta todo eso, prende otro cigarro. Sigue caminando y sus pasos dejan de oírse. Los gatos lo persiguen y lo han visto doblando en la esquina, o más bien han visto lo que quedaba de él. Se perdían en las sombras los restos de Attilio Olivetti, que ya no tenía pies, y ya no tenía cabeza.

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