Sentados en un café ubicado en la ciudad de París, se encontraban conversando dos hombres. Por un lado encontramos al reconocido filósofo alemán Rudolph Ehrlichmann, y del otro, al Gran Maestro Internacional de Ajedrez, el ruso Nikolay Sóbolev.

Ambos fueron citados en aquella ciudad por El Congreso Universal de Intelectuales Notables. Motivados por su antigua amistad, decidieron reunirse una tarde a debatir sobre diversos temas.

Familiarizado con el excelentísimo juego de piezas acromáticas, el señor de origen eslavo rompió el hielo con la misma decisión con que suele ejecutar la histórica y vigente apertura española, también conocida como Ruy López.

El ajedrecista planteó un debate sobre la poesía. La noche anterior ambos escucharon en el congreso las palabras de Osvaldo Ruiz Romero, el grandísimo poeta andaluz, y desde entonces se encontraban reflexionando sensiblemente sobre el tema.

Nikolay sostenía, fiel a su estilo de vida, que lo elemental de aquella estructura de rimas se radicaba en su significado. La hermosura del texto se encuentra en la comprensión de su esencia. El ruso proyectaba una identificación tal con el artista que permitiese percibir sus sensaciones de un modo cierto. Imaginaba al pobre poeta desgarrado y buscaba entre sus líneas su contexto literal y emocional. Recordando maravillosas partidas, centraba su pensamiento en una estrategia sabia que a partir de su idea troncal moviese sus piezas, o palabras en este caso, casi en forma natural.

Por su lado, el filósofo creía que uno podría acceder al esplendor de un texto a través de su propia belleza. Tal vez una especie de ecuación o patrón matemático disponía las palabras de manera tal que, ajena a su significado, lograba generar un estímulo en el lector que lo transportase hacia aquella intensa sensación. Comparaba el arte de la poesía con la pintura, donde la ejecución de obras abstractas encuentran su atractivo en la correcta y armónica composición de sus colores, o en su sentido inverso, situándolos en un modo crítico con el criterio superior que solo conservan los genios o los locos.

El debate parecía no tener fin y las dos celebridades del intelecto no se atemorizaban al exhibir una infinidad de fundamentos que cualquier mortal podría juzgar como ciertos. Bebiendo una copa tras otra acabaron por emborracharse al unísono y desviaron la conversación hacia otros intereses, como puede ser el increíble desempeño de algún deportista o diversas preguntas sobre la experiencia sexual ajena.

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