El escritor de tangos Atilio Olivetti camina por las calles de Buenos Aires. Busca inspiración como si tuviera hambre. Encuentra penas y olvido. Sus pensamientos se pierden en objetos al alcance de la mano. No es justamente el tacto su sentido favorito, se ha vuelto adicto al pensamiento.

Solo puede escribir los mejores tangos embriagado de ideas que le resultan desconocidas. Teme al paso desconocerse a sí mismo. Cuestiona sus métodos de sensiblería gastada, de tiempo perdido en búsquedas vanas. Acelera el paso y lo hace cada vez con mayor velocidad.

Se acerca al río, inmenso y silencioso como su propio destino. Repleto de misterios que lo excitan de solo imaginarlos. Se aproxima suavemente y busca un nuevo tango. Lee en las pequeñas ondulaciones del agua alguna rima que lo precipite de emoción mientras sujeta su cuaderno vacío. Tal vez no las merezca, tal vez están allí pero no puede verlas.

Observa a su alrededor y no lo comprende. Encuentra otros escritores de tangos. Algunos toman impulso y se arrojan al río gritando de entusiasmo, otros lo hacen llorando de pena combinando sus lágrimas con las aguas del horizonte. Percibe que el río está repleto de un llanto desconsolado de escritores de tangos. Su miedo crece con fastidio.

Encuentra a lo lejos otros personajes con hojas repletas de rimas que observan las ondulaciones del río. Corre hacia ellos y destroza sus textos, los arroja al agua y caen riendo. Ya no queda nadie más.

En la noche solitaria toma su cuaderno y lo encuentra vacío, lo encuentra triste. Agotado de su propia cobardía y falta de inspiración destroza su pequeño anotador, toma impulso y se lanza gritando al río. Nadie ha visto si lo hizo riendo inmerso en un súbito entusiasmo o si tal vez lo hizo unificando sus lágrimas con las aguas del horizonte.

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